Capítulo 9 La piedra desplazada

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El Arco no señalaba nada.

Se levantaba en el llano con la indiferencia de una obra que había sobrevivido a todas las explicaciones. La luz de la mañana marcaba las juntas de los sillares. El viento entraba desde el norte, levantaba polvo junto al camino y continuaba hacia Cabanes sin pedir permiso al monumento.

Isabel lo observó desde unos metros de distancia.

Había vuelto a verlo después de pasar una noche entera convirtiéndolo en una pieza del expediente. Allí, sin las columnas de Hale ni las líneas de la Carta, el Arco recuperaba su tamaño real. No era una cruz sobre un mapa. Era piedra, proporción y tiempo.

Don Vicente se protegió los ojos del sol.

—Cuando era pequeño nos dijeron que por aquí pasaba la Vía Augusta y que Cabanes era Ildum.

—También se ha identificado Ildum con otros lugares —dijo Isabel—. Las investigaciones más recientes suelen situarla en l’Hostalot, en Vilanova d’Alcolea.

—Pues el maestro lo decía con mucha seguridad.

—La seguridad no cambia la distancia.

Hale se encontraba al otro lado, fotografiando el entorno desde el camino público. Había llegado con ellos y, por primera vez, había esperado a que el Ayuntamiento fijara la visita. Guardó la tableta al oír la conversación.

—Una identificación equivocada también puede tener valor —dijo.

Don Vicente arqueó una ceja.

—Eso depende de si la escriben en un informe.

—Si alguien en el siglo XVII creía que este era un punto principal de la vía romana, pudo utilizarlo por esa razón. No necesitamos que la creencia fuera correcta hoy. Necesitamos saber si condicionó su conducta entonces.

Isabel asintió.

Era una buena observación. Una tradición no se convertía en hecho por repetirse, pero podía hacer que una persona actuara. El error también dejaba huellas.

Isabel, Don Vicente y Hale observan el Arco de Cabanes y distinguen el monumento de las tradiciones sin prueba.

—Lo que no podemos hacer —dijo— es utilizar esa creencia para inventar una calzada exacta, una posada o una cámara que no están documentadas.

—Ni para excavar bajo el Arco —añadió Don Vicente.

Hale miró el monumento.

—No he propuesto excavar.

—Lo digo para que la frase exista antes de que alguien la necesite.

Rodearon el Arco sin tocarlo. Isabel buscó diferencias de talla, marcas evidentes y cualquier elemento que pudiera corresponder al gallo de la llave. No encontró nada. Tampoco esperaba encontrarlo. El símbolo de Casa de Rixer no era romano y quien lo hubiera colocado a la vista habría convertido una custodia en un anuncio.

Hale abrió un mapa actual.

—Hay otro nombre que no hemos discutido.

Amplió una zona del término. En la pantalla aparecía Mas del Gallo.

Don Vicente miró a Isabel.

—Eso sí que parece puesto para molestarte.

Hale acercó dos dedos a la pantalla.

—Un topónimo real con el mismo nombre que el pirata. No está lejos de uno de los corredores posibles. Como mínimo, merece atención.

—Merece una ficha —respondió Isabel.

—¿Solo una ficha?

—¿Cuál es la mención más antigua que ha encontrado?

Hale calló un instante.

—La cartografía que tengo es posterior.

—¿Algún documento de Casa de Rixer lo menciona?

—No que sepamos.

—¿Aparece en la relación británica?

—No con ese nombre.

—Entonces tenemos un mas que se llama del Gallo y un personaje al que llamaban El Gallo. Puede haber una relación. También puede deberse a un propietario, a una marca, a un animal o a una historia nacida mucho después. La coincidencia no decide cuál.

—Podríamos visitar el lugar.

—No sin conocer la propiedad, solicitar permiso y tener un motivo mejor que dos palabras iguales.

—Si esperamos a probar cada paso antes de darlo, otra persona llegará primero.

—Usted llegó primero al Arco y no encontró nada.

Hale sostuvo su mirada. Después redujo el mapa.

—De acuerdo. Una ficha.

No lo dijo con agrado, pero lo dijo.

Isabel había esperado que defendiera la pista por orgullo. La renuncia le concedía más inteligencia de la que el enfrentamiento de los días anteriores permitía ver. Hale no necesitaba tener razón en todo. Necesitaba avanzar antes que los demás.

—El nombre puede resultar útil más adelante —añadió ella—. Pero no lo convertiremos en prueba solo porque encaje demasiado bien.

Don Vicente contempló el Arco.

—Entonces hemos venido hasta aquí para comprobar que no hay ninguna señal y que el Mas del Gallo no demuestra nada.

—Eso ya es más de lo que sabíamos ayer —dijo Isabel.

—Empiezo a comprender por qué los informes históricos son tan largos.

La visita tenía una segunda parte.

La tarde anterior, Don Vicente había pedido revisar todas las referencias municipales relacionadas con obras antiguas en el Pla de l’Arc. No buscaban accesos ni excavaciones, sino piedras desplazadas, reparaciones y construcciones desaparecidas. Entre fotografías de caminos y expedientes incompletos apareció una imagen tomada décadas atrás durante la retirada de una caseta de labor abandonada.

La construcción era modesta y no formaba parte del monumento. En uno de sus muros se había reutilizado un bloque trabajado de procedencia desconocida. El informe no lo identificaba como romano. Solo decía que, por su tamaño y por una cavidad artificial en una de las caras, se trasladó al depósito municipal en lugar de desecharlo con el resto de los materiales.

La fotografía mostraba una marca pequeña.

Tres líneas y lo que podía ser la pata de un ave.

El depósito de obras se encontraba en una nave sin ninguna apariencia histórica. Había señales retiradas, losas, piezas de mobiliario urbano y materiales conservados por si algún día alguien decidía qué hacer con ellos. El responsable abrió la zona acotada donde se guardaba el sillar y anotó en una hoja quiénes entraban. Don Vicente había ordenado fotografiar todo antes de mover o abrir nada.

—Esto sí es municipal —dijo—. Por una vez, el misterio ha tenido la cortesía de no aparecer en una finca ajena.

El bloque descansaba sobre dos soportes de madera. Era de piedra parda, de grano fino y más largo que el brazo de Isabel. Una de las caras había sido rebajada para encajarlo en el muro de la caseta. Otra conservaba un hueco rectangular cerrado por una placa de hierro casi enrasada.

No había forma de saber de dónde procedía la piedra. Podía haber formado parte de otra construcción, de un muro o de una cantera antigua. Su parecido material con algunos sillares del Arco no demostraba que hubiera pertenecido al monumento. En el término se había utilizado piedra semejante durante siglos.

Don Vicente recordó entonces otra piedra, muy distinta.

—En el pueblo siempre se ha dicho que por Alberic, Gaidó y les Gassiones se sacó mármol negro.

—¿Siempre desde cuándo? —preguntó Isabel.

—Desde antes de que yo preguntara.

La respuesta servía para una conversación y no para una ficha arqueológica. La tradición situaba una antigua cantera cerca del Pou d’Alberic y extendía afloramientos oscuros hacia Gaidó y les Gassiones. También atribuía a canteras del término parte de la piedra negra utilizada en el pórtico o las columnas de la iglesia, con preferencia variable según quién lo contara: unos decían Gaidó; otros, les Gassiones.

Isabel abrió una nota nueva y escribió: atribución local pendiente de comprobación material y documental.

—¿No te sirve? —preguntó Don Vicente.

—Me sirve para saber qué hay que comparar. No para decidir de dónde salió una columna mirando su color.

El bloque de la nave, pardo y de grano fino, no pertenecía a aquella historia solo porque ambos fueran piedra. Precisamente por eso debía quedar separado. En una investigación que ya tenía gallos, oro y castillos, el mármol negro podía convertirse en prueba antes de haber sido siquiera analizado.

Hale se agachó sin tocarla.

—La cavidad es posterior al tallado del bloque.

—Eso parece —dijo Isabel.

—Y la marca también.

En una esquina, casi borrado por el roce, se distinguía el gallo de perfil. Bajo las patas aparecían las tres líneas.

Una piedra retirada de una construcción cercana conserva el gallo de Casa de Rixer y una placa de hierro.

No era una gran inscripción. Quien no conociera la señal habría visto rayas de herramienta o el capricho de alguien que afiló hierro contra la piedra.

Don Vicente acercó la lámpara portátil.

—¿Casa de Rixer?

—La misma marca —dijo Isabel—. Eso no nos permite fecharla ni saber quién la hizo.

Hale examinó la placa de hierro.

—Tiene cerradura.

El hueco era estrecho y oscuro. El ojo de la cerradura apenas sobresalía bajo una capa de óxido. Isabel sintió el peso de la llave dentro del bolso antes de tocarla.

No la había mostrado a Hale.

Hasta ese momento, él solo sabía que el símbolo existía en documentos familiares. Desconocía el objeto que María había conservado. Si la llave no encajaba, Isabel revelaría una pieza a cambio de nada. Si encajaba, ocultarla ante el alcalde, un responsable municipal y un testigo del expediente sería difícil de justificar.

Don Vicente advirtió su duda.

—¿Qué ocurre?

Antes de salir de Cabanes, Isabel había llamado a María. Su abuela autorizó que mostrara la llave si aparecía una cerradura documentada y había responsables presentes, pero exigió que no se forzara ni se utilizara fuera del registro de la visita.

Isabel abrió el bolso y sacó el paño de lino.

Hale no apartó los ojos de sus manos.

—Eso es lo que no me enseñó.

—Esto es lo que mi abuela no le entregó al primer desconocido que preguntó por ochenta cajas.

Desenvolvió la llave.

El hierro era oscuro y pesado. La anilla era ovalada y, cerca de ella, la incisión repetía el gallo y las tres líneas. El vástago terminaba en un paletón sencillo y asimétrico, hecho para una cerradura que ya no parecía corriente.

Una conservadora examina la cerradura de la piedra antes de autorizar una prueba controlada.

Bajo una de las plumas del gallo se veía una hendidura breve. Isabel la había incluido en las fotografías sin decidir si era una marca intencionada o una pérdida del metal por desgaste.

La luz lateral muestra una pequeña hendidura bajo una de las plumas del gallo grabado en la llave.

El responsable del depósito colocó una cámara sobre un trípode. Nadie movió la piedra. Una conservadora examinó la entrada de la cerradura con luz lateral y una lupa, sin retirar el óxido adherido. Autorizó una única prueba, sin limpieza previa y con la obligación de detenerse ante cualquier resistencia. Isabel acercó la llave.

Entró hasta el fondo.

No giró.

La conservadora le indicó que retirara unos milímetros y corrigiera el ángulo sin hacer fuerza. El mecanismo respondió con un chasquido seco. Una escama ya desprendida cayó sobre el soporte de madera.

—Despacio —dijo Don Vicente.

Isabel giró la llave una cuarta parte.

La placa se separó de la piedra.

Detrás no había un túnel ni una cavidad excavada en el terreno. Solo una caja de hierro encajada en el hueco practicado en el sillar. El responsable la extrajo lo imprescindible mediante dos asas laterales y la apoyó sobre una bandeja.

Dentro encontraron un envoltorio de tela encerada.

Hale contuvo el aliento.

Isabel deshizo el primer pliegue. Apareció un disco de plomo de poco más de tres centímetros, grabado por una cara. No era una moneda. La superficie formaba una matriz destinada a dejar una impresión sobre cera o material blando.

Había otros dos.

Los colocaron sin limpiarlos. Cada uno mostraba un signo diferente. En el reverso, bajo la suciedad, se adivinaban letras incisas.

Hale utilizó una luz lateral. Isabel leyó la primera palabra.

—Miravet.

Don Vicente se inclinó sobre la segunda.

—Sufera.

La tercera estaba peor conservada. Isabel giró la bandeja, no la pieza, hasta que la luz entró en los surcos.

—Albalat.

La caja de hierro revela tres matrices de plomo vinculadas a Miravet, Sufera y Albalat.

Tres territorios antiguos. Tres sellos ocultos en una piedra reutilizada cerca del Arco. Ninguno indicaba por sí solo dónde estaba el oro, pero juntos demostraban que alguien había convertido aquellos nombres en un sistema material.

Hale observó el plomo.

—En Gaydó se encontraron piezas parecidas.

—¿Cuándo? —preguntó Don Vicente.

—A finales del siglo XVIII, un pastor se las mostró a un naturalista. Las interpretó como proyectiles de honda.

Isabel comprendió a quién se refería antes de que dijera el nombre.

Antonio José Cavanilles había recorrido Cabanes en 1795. Había descrito el llano, Gaidó, el Arco, las tierras, los cultivos y las piedras con una precisión que sobrevivía dos siglos después.

También había visto plomo.

Isabel contempló los tres sellos.

—Necesitamos leer exactamente qué escribió.

Hale asintió.

Por primera vez desde que llegó a Cabanes, no intentó cobrar la pista antes de compartirla.

Los tres nombres permanecieron sobre la bandeja:

Miravet.

Sufera.

Albalat.

Y alguien, ciento treinta y tres años después de Pere Alcorís, había encontrado en Gaydó otras piezas de plomo.