Capítulo 8 Los nombres que desaparecen

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Isabel cometió el error de buscar un camino.

Empezó el martes antes de que abriera el Ayuntamiento. Colocó sobre la mesa la traducción de la Carta Pobla, la cartografía de 1938, un plano actual y una ortofotografía. Después escribió los nombres medievales en hojas pequeñas y trató de situarlos uno a uno.

Queixa.

Miravet.

Sufera.

Rixer.

Gaidó.

L’Arc.

La Mesquita.

Subarra.

Isabel añadió después nombres que no figuraban en la Carta, pero que cualquier vecino mayor habría reconocido: Pla d’Alberic, Pou d’Alberic, les Machmudelles, les Gassiones y la Ferradura. No los mezcló con los medievales. Los colocó en otro color para recordar que un nombre podía sobrevivir durante generaciones sin haber nacido en el mismo documento ni conservar siempre los mismos límites.

El Pla d’Alberic era un ejemplo incómodo. Entre Cabanes y Les Santes, el valle parecía demasiado llano para guardar secretos y, sin embargo, el agua se extendía por él cuando las lluvias superaban las salidas naturales. Cerca del Pou d’Alberic, en dirección a les Machmudelles, las explicaciones de los vecinos mezclaban memoria agrícola, piedra y agua. Unos hablaban de canteras antiguas; otros, de la arena rojiza que había hecho posible cultivar en secano donde la caliza quedaba debajo.

—Y si la niebla se engancha en la Ferradura —dijo Don Vicente—, ya sabes lo que viene.

Recitó el dicho como se había oído siempre:

—Boira a la Ferradura, aigua segura.

Isabel lo anotó bajo el epígrafe memoria meteorológica, no bajo el de pruebas. El refrán no fechaba un camino ni demostraba el paso de un arca. Sí explicaba por qué la gente había aprendido a leer una montaña antes de decidir por dónde mover animales, grano o una carga que no debía mojarse.

Algunos ofrecían una resistencia razonable. Miravet y Sufera pertenecían a realidades históricas reconocibles, aunque sus límites no fueran los mismos en 1243. Gaidó había sobrevivido con cambios de grafía. L’Arc continuaba levantado en el llano, imposible de confundir con otro monumento del término.

Los demás se negaban a convertirse en puntos.

Queixa aparecía en el documento, pero no en el mapa actual. Rixer nombraba una vall cultivable y no una finca cuyos vértices pudieran recuperarse. La Mesquita podía aludir a un lugar, a una construcción desaparecida o a un ámbito más amplio. Subarra se vinculaba a un barranco antiguo sin obligar a que cada copia hubiera conservado la misma forma.

Isabel unió las localizaciones seguras con una línea roja.

El resultado no era una ruta. Era un disparate.

Isabel compara la Carta Pobla con mapas antiguos y actuales y obtiene una ruta imposible.

La línea trepaba, retrocedía, cruzaba espacios sin paso lógico y obligaba a considerar exactas varias posiciones que no lo eran. Ningún arriero habría elegido aquel recorrido. Ninguna columna con ochenta arcas habría sobrevivido a él. Ni siquiera un hombre a pie lo habría seguido si conocía una alternativa.

Don Vicente entró con dos cafés y se detuvo ante la mesa.

—Parece el recorrido de alguien que ha perdido una cabra.

—La cabra tendría más criterio.

—¿Qué has hecho?

—Convertir ocho nombres de siete siglos en ocho chinchetas actuales.

—¿Y por qué?

—Porque es lo que ha hecho Hale.

Don Vicente dejó uno de los vasos junto a ella.

—Entonces ya sabemos que no funciona.

—Sabemos que no funciona cuando lo hace él. Quería comprobar si tampoco funcionaba cuando lo hacía yo.

—Eso suena más científico de lo que parece.

Isabel apartó la línea roja. No era justo atribuir el fracaso únicamente a Hale. Ella también había deseado que la Carta señalara una sucesión. Si los nombres formaban una ruta, bastaría con encontrar el punto que faltaba. Si describían otra cosa, el trabajo era mucho menos cómodo.

Hale llegó a las nueve en punto.

Don Vicente había aceptado una segunda reunión con condiciones: trabajarían sobre reproducciones públicas y cartografía; no saldría ninguna documentación familiar; no se buscaría en propiedades ni se visitaría el campo sin comunicarlo. Hale había respondido que las condiciones eran innecesarias y después las había aceptado todas.

Entró con la tableta y una carpeta más delgada que la del día anterior.

Observó las hojas distribuidas sobre la mesa.

—Han avanzado.

—Hemos dibujado una ruta imposible —dijo Isabel.

—Eso también es avanzar.

Hale proyectó su propio mapa. Había consultado repertorios toponímicos, cartografía histórica y modelos del terreno. Las referencias seguras aparecían en un color; las probables, en otro; las dudosas formaban áreas semitransparentes en lugar de puntos. El trabajo era bueno. Isabel lo reconoció sin decírselo.

Hale e Isabel comparan capas cartográficas de distintas épocas mientras Don Vicente observa.

—He calculado corredores de paso entre las localizaciones —explicó él—. Pendientes, cauces y caminos históricos cuando pueden reconstruirse.

—¿Con qué fecha?

—Con varias capas.

—Una senda de 1938 no demuestra un paso de 1662.

—No. Pero una pendiente sí limita lo que puede hacerse en ambos momentos.

Hale amplió el sector de Gaidó. Había anotado las formas Gaidó y Gaydó y separado la continuidad del nombre de la continuidad exacta de sus límites. Después mostró el entorno del Arco y la relación con caminos de distintas épocas.

No trataba el territorio con la ingenuidad que Isabel había querido atribuirle. Su problema no era la falta de método. Era la convicción de que, con suficientes datos, podría prescindir de quienes habían vivido allí.

—Su corredor principal pasa otra vez por l’Arc —dijo Don Vicente.

—Porque es el punto más estable de la secuencia.

—Y porque es el único que aparece en sus papeles —añadió Isabel.

—Eso ayuda.

—Pero no está entre la costa y Cabanes.

—No vuelvo a afirmarlo.

Era la primera concesión clara que Hale hacía desde su llegada.

Isabel señaló las manchas que representaban Rixer.

—¿Por qué ha dibujado tres?

—Una corresponde a la vall descrita como unidad de cultivo. Otra, a la franja que podría conectar con referencias posteriores de agua. La tercera procede de una hipótesis de continuidad territorial hacia la Ribera.

—¿Xinxilla?

Hale no respondió de inmediato.

—El nombre aparece en la cartografía actual junto a la costa. No afirmo que derive de Rixer.

—Bien.

—Pero usted ha pensado lo mismo.

Isabel había pensado algo parecido. La memoria de María, la descripción de Vicent durante la feria y la función agrícola de la vall apuntaban hacia un corredor de agua y cultivo. El Riu de Xinxilla pertenecía a la Ribera. Entre ambos nombres había siglos suficientes para deformar cualquier relación y también para inventarla por completo.

Escribió en una hoja: Rixer — Xinxilla: relación territorial posible. Evolución lingüística no demostrada.

Hale la leyó.

—Excesivamente prudente.

—Lo bastante prudente para no fabricar una prueba.

—Una investigación necesita hipótesis.

—Y necesita recordar cuáles lo son.

Compararon la hoja de 1938 con el mapa actual. Viejos caminos se interrumpían bajo carreteras nuevas, reaparecían al otro lado o habían quedado reducidos a lindes. Algunas construcciones habían desaparecido. Otras seguían en pie, pero el acceso ya no coincidía. Los trazos parecían conservar el territorio y, al mismo tiempo, demostrar cuánto había cambiado.

Isabel compara un mapa de 1938 con una imagen actual y observa cómo desaparece un camino antiguo.

Isabel buscó Rixer en el mapa antiguo.

No estaba.

Probó con variantes de lectura. Tampoco.

—En 1938 ya había desaparecido —dijo Hale.

—Del mapa.

—Es lo que he dicho.

—No exactamente. Un nombre puede dejar de imprimirse y continuar en uso. O puede conservarse en una familia después de que nadie sepa localizarlo. O trasladarse a una fuente, un mas o un barranco cercano.

—También puede desaparecer.

—Sí.

Hale pareció sorprendido por la respuesta.

—Entonces coincidimos.

—Coincidimos en que no lo sabemos.

Don Vicente tomó la hoja de Queixa.

—Mi abuelo utilizaba nombres que yo no he vuelto a oír. Algunos eran partidas. Otros eran solo maneras de distinguir un bancal de otro.

—¿Los escribió? —preguntó Hale.

—No. Los necesitaba para trabajar, no para que los estudiara un inglés cien años después.

Hale dejó la tableta sobre la mesa.

—Esa es precisamente la dificultad.

—No —dijo Isabel—. La dificultad es creer que el nombre pertenecía al mapa. Pertenecía a la gente que sabía utilizarlo.

Volvió a las hojas pequeñas. En lugar de colocarlas sobre puntos, las distribuyó en tres franjas.

En la primera situó las referencias de costa y aguas bajas. En la segunda, la villa, el llano, Gaidó y l’Arc. En la tercera, Miravet, Sufera y las elevaciones de montaña.

Mar, llano y montaña.

Las mismas tres líneas de la llave.

No formaban un itinerario. Expresaban un orden del territorio. Dentro de cada franja, el camino dependía del agua, de la estación y de quién lo recorriera. Una señal podía dirigir hacia un paso sin nombrarlo. Un topónimo podía describir un ámbito, no un lugar donde clavar una estaca.

—El gallo no está sobre un mapa —dijo Isabel—. Está sobre tres clases de terreno.

—Eso no nos acerca a una localización —respondió Hale.

—Nos aleja de varias falsas.

—No es lo mismo.

—A veces es más útil.

Isabel regresó a la Carta Pobla. Habían leído la relación de términos como una secuencia porque el documento los presentaba uno detrás de otro. Pero una delimitación no conducía necesariamente de un origen a un destino. Rodeaba un espacio. Si se completaba, volvía al punto desde el que había empezado a leerse.

Tomó la hoja de l’Arc y la colocó en el centro de la mesa.

Después ordenó las demás a su alrededor, no en línea recta. Las referencias inciertas dejaron huecos amplios. Miravet y Sufera ocuparon el lado de la montaña. Gaidó y l’Arc fijaron el interior. Las menciones relacionadas con el agua y la Ribera quedaron abiertas hacia la costa.

No era una reconstrucción cartográfica. Era un modo de dejar de exigir al siglo XIII que se comportara como un navegador moderno.

Don Vicente observó el círculo incompleto.

—Entonces no hay un último nombre.

—No.

—¿Ni un punto donde termina la ruta?

—La Carta no describe una ruta. Describe límites.

Isabel ordena las referencias en mar, llano y montaña y descubre un perímetro territorial.

Hale amplió la transcripción incompleta de la segunda relación británica. La torre, las aguas bajas, el camino, el pozo, el llano, el arco y la elevación oscura podían parecer una marcha si se leían en una columna. Sin sujetos ni verbos, también podían ser intentos realizados en fechas distintas para encontrar a alguien o algo.

—Su documento hace lo mismo —dijo Isabel—. Convierte varias referencias en una sola línea.

—Porque probablemente proceden de una búsqueda.

—Probablemente. Pero una búsqueda no tiene por qué seguir el recorrido de lo buscado.

—¿Qué propone?

—Empezar por lo único que no ha cambiado de nombre ni de sitio.

Don Vicente señaló la hoja central.

—El Arco.

Isabel asintió.

No porque el oro hubiese pasado por allí. La geografía ya demostraba lo contrario para el traslado desde la Ribera a Cabanes. Tampoco porque el monumento ocultara una cámara o una inscripción. Su valor era más sencillo: durante siglos había servido para que personas separadas por lenguas, dominios y mapas reconocieran el mismo punto del llano.

Hale cerró la proyección.

—He estado allí.

—Ha estado junto al monumento —dijo Isabel—. No es lo mismo que saber qué relación guarda con los demás nombres.

—¿Y usted lo sabe?

Isabel miró las tres franjas, la Carta y el mapa de 1938.

—Sé por qué no podíamos encontrar el final.

—¿Por qué?

—Porque los caminos seguían allí. Lo que había cambiado eran los nombres.

Recogió la hoja de Rixer y la guardó en el bolso, junto a la llave.

La hipótesis podía resumirse en una frase: Rixer no había desaparecido. Había dejado de llamarse así.

Y la secuencia que todos habían intentado seguir no terminaba en un escondite.

Volvía a l’Arc.

Don Vicente completa el perímetro documental que vuelve a l’Arc mientras Isabel y Hale revisan la hipótesis.