Capítulo 7 El primer Rixer
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La tierra ya tenía nombres cuando Bernat llegó a medirla.
Los tenían las fuentes que no figuraban en ningún escrito, las lomas que parecían iguales desde lejos y los pasos por donde una mula podía cruzar un barranco sin partirse una pata. También los tenían las paredes, los árboles y las acequias. Algunos nombres estaban en la carta que habían leído ante los nuevos pobladores. Otros solo existían en la boca de quienes vivían allí antes de que cambiara el señor.
Bernat no confundía una cosa con la otra.
Había llegado con dos mulas, una cuerda de nudos, una vara de medir y Elionor, su hija. No era notario ni agrimensor del obispo. Era arriero. Sabía calcular cuánto grano cabía en un carro, qué pendiente soportaba una carga y cuántas jornadas separaban dos mercados cuando llovía. Los hombres que no querían pagar a un medidor le pedían que mirara una parcela y resolviera dónde terminaba. Después discutían el resultado como si la discusión también pudiera medirse.
Aquella mañana le habían encargado repartir una franja de tierra en la Vall de Rixer.
La carta concedía casas, campos, árboles, aguas y pastos a ochenta pobladores con sus familias. El pergamino parecía ordenarlo todo. Sobre el terreno, una fila de piedras bajas dividía dos bancales, una higuera extendía sus raíces a ambos lados y una zanja seca atravesaba la parcela sin respetar ninguna de las líneas que los hombres querían dibujar.

—De aquí hasta la pared —dijo Guillem, uno de los recién llegados—. Y desde la pared, recto hacia el algarrobo.
Bernat tensó la cuerda entre dos estacas.
La línea pasaba por encima de la zanja.
Al otro lado esperaba Yusuf. Tenía las manos abiertas y vacías, pero no era un gesto de bienvenida. Su familia continuaba ocupando una casa pequeña junto a los cultivos. Podían permanecer por el momento, sometidos a otro señor, otros tributos y una seguridad que nadie se atrevía a prometerles. Había visto llegar a los pobladores con documentos, animales y herramientas. Sabía qué significaba una cuerda extendida por un hombre que tenía permiso para quedarse.
Señaló la zanja.
—No podéis cerrar eso.
Guillem no necesitó entender cada palabra para comprender la oposición.
—El agua es común —respondió—. Lo dice la carta.
Yusuf miró el cauce seco.
—La carta no sabe por dónde corre.

Guillem dio un paso hacia él. Bernat soltó la cuerda antes de que la tensión pasara de las estacas a los hombres.
—¿Cuándo lleva agua? —preguntó.
Yusuf tardó en contestar.
—Cuando llueve en la montaña.
Bernat alzó la vista. El cielo estaba limpio sobre el llano. Hacia el sur y el oeste se acumulaban nubes que todavía parecían lejanas.
—Aquí no ha llovido.
—Aquí, no.
Guillem se volvió hacia Bernat.
—Es una zanja abandonada.
—Puede ser.
Bernat se agachó. En el fondo crecían hierbas más verdes que en los márgenes. Apartó la tierra con los dedos. Bajo la costra seca apareció una humedad oscura.
Elionor observaba desde la sombra de la higuera. Llevaba una tablilla encerada atada a la cintura y un punzón de hueso. Su padre le había enseñado a registrar cargas, deudas y medidas porque una cifra mal recordada podía costarles una mula. Desde su llegada había empezado a escribir también palabras que no conocía.
—¿Cómo llamáis a este paso? —preguntó a Yusuf.
Él la miró con más recelo que a Bernat.
—Rixer.
—Toda la vall se llama así.
—Para vosotros.
Elionor esperó.
Yusuf señaló primero la parte alta, después los bancales y por último la abertura por donde el terreno descendía hacia el llano. Pronunció tres nombres. Elionor los repitió con dificultad y los marcó en la cera como los oyó.
—Los escribes mal —dijo él.
—Entonces vuelve a decirlos.
Yusuf lo hizo. La segunda vez habló más despacio.
Guillem perdió la paciencia.
—No hemos venido a aprender cómo llaman a cada piedra.
—Has venido a cultivar —respondió Bernat—. Conviene que sepas por dónde te llegará el agua antes de levantar una pared.
—¿Y si miente?
Yusuf entendió esa palabra.
—Podría callar.
El silencio que siguió no resolvió nada, pero evitó el golpe.
Bernat recogió la cuerda y pidió a Yusuf que le mostrara el comienzo de la zanja. El hombre se negó. Bernat ofreció ayudar a reparar el tramo hundido y volvió a recibir una negativa. Solo cuando dijo que las piedras nuevas no se colocarían hasta comprender el cauce, Yusuf echó a andar.
No los condujo directamente a la montaña. Siguió paredes, cruzó bancales y descendió por una franja que desde arriba parecía alejarse del origen del agua. Guillem protestó dos veces. El camino más corto estaba a la vista, pero terminaba en una pendiente de tierra suelta donde los animales resbalaban. Yusuf eligió un rodeo que conservaba sombra y suelo firme.
Bernat no preguntó por qué hasta después de cruzarlo.
—Cuando llueve, lo corto se convierte en barranco —dijo Yusuf.
—¿Y esto?
—Esto sigue siendo camino.
Elionor grabó una línea en la tablilla.
Llegaron a un pequeño partidor construido con piedras desiguales. Una de las paredes se había vencido y el barro seco demostraba que alguien lo utilizaba. Yusuf retiró dos ramas atrapadas entre las piedras. Debajo apareció una abertura estrecha.
—El agua entra aquí, se reparte más abajo y cruza la tierra que queréis cerrar.

Guillem examinó la obra.
—Podemos abrir otra acequia recta.
—Puedes —dijo Bernat—. Si quieres trabajar el doble para llevar el agua por donde no quiere ir.
Yusuf no sonrió. Tampoco agradeció que le dieran la razón. La acequia seguía bajo la autoridad de quienes acababan de llegar, y una decisión sensata no cambiaba esa realidad.
Bernat colocó de nuevo las ramas, acuñó una piedra suelta y señaló el muro vencido.
—Mañana traeré herramientas.
—Mañana quizá ya no sea nuestro —respondió Yusuf.
—El agua no será de nadie si esto se cae.
Trabajaron hasta media tarde. Guillem se marchó antes, molesto porque la medición se había convertido en una reparación. Yusuf trajo una azada y dos capazos. Bernat rehízo la base del partidor. Elionor retiró barro, alcanzó piedras y anotó palabras. Nadie habló de amistad. Cada uno vigilaba lo que el otro hacía.
La tormenta llegó cuando el cielo sobre Cabanes todavía conservaba luz.
No llovió sobre ellos. Las nubes descargaron lejos, en las laderas. Primero oyeron un rumor que Bernat confundió con viento. Después, un hilo marrón apareció en la abertura del partidor. En pocos minutos ocupó el cauce, golpeó las piedras reparadas y se dividió en dos corrientes menores.
Una bajó hacia los bancales.
La otra siguió la zanja seca y atravesó exactamente la línea que Guillem quería cerrar.

Bernat observó cómo el agua encontraba un camino invisible una hora antes.
—La carta dice que es común —murmuró.
—El agua no sabe leerla —dijo Yusuf.
Esa vez Bernat sí sonrió.
Al regresar, movió las estacas. La parcela de Guillem perdió una franja junto a la acequia y ganó otra en la parte alta. No era el reparto más recto ni el más fácil de dibujar, pero permitía mantener el paso del agua. Guillem protestó hasta que Bernat le enseñó la marca húmeda en la tierra y le preguntó quién pagaría la nueva zanja cuando la primera tormenta derribase su pared.
El hombre aceptó sin admitir que había cambiado de opinión.
Esa noche, Bernat y Elionor cenaron junto al carro. Su alojamiento todavía era una habitación prestada con una puerta que no cerraba bien. Las mulas comían bajo un cobertizo y el gallo que habían transportado en una cesta protestaba cada vez que uno de los animales rozaba el mimbre.
Elionor calentó el punzón y alisó una parte de la cera para ordenar las notas.
Había dividido la tablilla en tres columnas.
En la primera escribió los nombres que aparecían en la carta o que utilizaban quienes repartían las tierras. En la segunda, los que había oído a Yusuf y a otras familias. En la tercera no puso nombres, sino funciones: agua después de lluvia; paso de animales; tierra que cede; sombra en verano; pared que debe permanecer abierta.
Bernat señaló esa última columna.
—Eso no pertenece a ningún documento.
—Por eso lo escribo.
—La cera se borra.
—Mañana lo pasaré a papel.
El papel que conservaban no era bueno. Eran hojas bastas, algunas utilizadas antes para cuentas, cosidas por un extremo con hilo. Bernat las había guardado para registrar trabajos y pagos. Elionor tomó la primera y copió las tres columnas dejando espacio entre las líneas.
—¿Cómo lo llamarás? —preguntó él.
—No lo sé.
—Un libro debe tener nombre.
—Todavía no es un libro.
Bernat escuchó el agua que seguía corriendo a lo lejos, fuera de su vista.
—Pon las señales. Los nombres cambian. Una señal sirve mientras alguien sepa leerla.
Elionor escribió en la cubierta: Libro de las Señales.
—¿Y quién podrá leerlo?
—Quien aprenda el lugar. Si solo copia las palabras, se perderá igual que Guillem con su cuerda.
El gallo volvió a agitarse en la cesta.
Bernat lo utilizaba como marca desde hacía años. Lo dibujaba en sacos, aparejos y encargos para distinguirlos en los mercados. No era un escudo ni un apellido. Solo un animal de perfil trazado con cuatro líneas rápidas.
Lo dibujó en la primera página.
Debajo añadió tres rayas desiguales. La inferior era larga y ligeramente curvada, por el mar que permitía comerciar y traía peligros. La central, más corta, quedó interrumpida bajo el cuerpo del ave y representaba el llano donde se cultivaba y se abrían los caminos. La superior apenas sobresalía y se quebraba por la montaña que guardaba el agua antes de enviarla hacia abajo.
Elionor contempló el dibujo.
—Parece una marca de propiedad.
Bernat negó con la cabeza.
—Entonces escribe para qué sirve.
Ella sostuvo el punzón sobre la hoja.
Bernat pensó en Yusuf, en Guillem, en la acequia y en aquella carta capaz de conceder aguas sin saber por dónde corrían. Después dictó despacio:
—Lo que sostiene al pueblo no pertenece a una casa.

Elionor escribió la frase bajo las tres líneas.
Aquella noche no nació una familia nueva. Tampoco una alianza limpia entre vencedores y vencidos. Nadie les entregó un secreto, una herencia ni un tesoro.
Solo comenzaron a guardar lo que podía perderse.
Y, sin saberlo, se convirtieron en los primeros custodios de Rixer.