Capítulo 6 Alguien ya está buscando
El registro decía que Edward Hale había obtenido la reproducción de una página.
El archivo de entrega contenía dos imágenes.
La primera mostraba el recto: Rixer subrayado, el gallo sobre tres líneas y la nota que negaba que Casa de Rixer fuera un nombre de sangre. La segunda mostraba el reverso.
Pere Alcorís, dit El Gallo, entrà en la Casa per sa mare.
Don Vicente se acercó a la pantalla.
—Entonces lo sabía todo.
—Sabía lo que pone en esta hoja. No sabemos qué entendió.
—Sabía que Rixer no era solo un nombre de la Carta. Y conocía la relación con El Gallo.
Hale había recibido correctamente las dos caras. Durante la feria no preguntó por Rixer para descubrir el término. Preguntó para saber si alguien aún podía situarlo.
Habían acordado hablar a mediodía en una sala reservada de l’Hostal. El Ayuntamiento se había llenado de consultas, curiosos y dos personas que querían presentar una «declaración preventiva de hallazgo» sin haber hallado nada. Don Vicente prefirió un lugar donde la conversación no atravesara tres despachos antes de llegar a la calle.
L’Hostal conservaba dentro la gravedad de una posada antigua. En el salón que había sido caballeriza, los muros gruesos y los arcos de piedra aislaban el ruido de la plaza dels Hostals. No parecía un castillo, pero comprendía por qué alguien que entrara sin conocerlo podía pensarlo.
Las antiguas caballerizas ofrecían además una ironía que Don Vicente no dejó pasar: cuatro siglos antes, una conversación sobre carros, animales y relevos habría resultado normal allí. Ahora servían café bajo los mismos arcos mientras un investigador británico intentaba reconstruir una caravana que quizá nunca había existido como tal.
Hale llegó diecisiete minutos tarde.
—Me han entretenido en la bodega de El Sanco —explicó.
—Claro —dijo Don Vicente—. Vinieron por el oro y terminaron quedándose por el vino.
Hale dejó escapar una risa.

—Esa teoría sobre los ingleses no figura en mis documentos.
—Porque se bebieron la página.
El olor ligero de un vino reciente acompañó a Hale cuando tomó asiento, pero hablaba con la misma precisión de siempre. Isabel dejó sobre la mesa la ficha de consulta.
—Pidió una página y recibió las dos caras.
—Sí.
—Durante la feria preguntó qué era Rixer como si no conociera la nota.
—Pregunté qué significaba para las personas que estaban allí.
—Sin decirles lo que sabía.
—Si hubiera mostrado primero el documento, habría condicionado las respuestas.
Era el argumento que Isabel habría utilizado en otra investigación. La diferencia estaba en que Hale no había protegido la memoria de los vecinos. La había recogido para un cliente que aún se negaba a identificar.
—¿Quién le indicó la caja? —preguntó.
—Una referencia cruzada en un inventario privado.
—¿De quién?
—No puedo revelarlo.
Don Vicente apoyó las manos sobre la mesa.
—Entonces empezaremos por lo que sí puede revelar. Y si quiere estudiar un lugar, presentará una memoria: objetivo, método, propiedad afectada y medidas de protección.
—Una prospección no invasiva puede hacerse sin alterar el terreno.
—No sin autorización. Aquí una cámara deja de ser inocente en cuanto alguien la baja por un pozo ajeno.
—Los trámites pueden hacernos perder tiempo.
—Los agujeros hechos deprisa también.

Hale abrió la carpeta. Don Vicente añadió, casi para sí:
—Además, si titulamos el expediente «búsqueda del oro de un pirata», habrá un informe explicando por qué no antes de que terminemos la primera frase.
—¿Y si no lo titulamos así? —preguntó Hale.
—Entonces quizá aprendamos qué necesitamos pedir.
Isabel no supo si aquello era prudencia administrativa o experiencia con la administración. Probablemente ambas.
Hale entregó cinco páginas nuevas. Formaban parte de la numeración que había ocultado en el Bar Toni. Contenían la traducción incompleta de una segunda relación británica: notas tomadas años después del abordaje a partir de testimonios, gastos y preguntas dirigidas a localizar el cargamento.
No era una ruta. Faltaban sujetos y verbos. Solo quedaba una secuencia:
la torre de la costa; aguas bajas; piedra que no guarda huellas; camino viejo hacia la villa; un pozo; el llano; un arco antiguo; una elevación oscura.
—La torre de la costa es Torre la Sal —dijo Don Vicente.
—Es la candidata más clara —respondió Isabel—, pero no convierte el resto en una línea continua.
Hale señaló la elevación oscura.
—Miravet domina un amplio territorio.
—Sí, desde muy alto y bastante lejos del mar —dijo Isabel—. Puede vigilar el corredor que sube por el ámbito del Xinxilla y controlar movimientos entre la costa y el interior. No es una torre costera. Para eso está Torre la Sal. Y Albalat queda más próximo a la franja litoral que Miravet.
—Podrían formar un sistema de aviso.
—Podrían. No tenemos un documento que lo demuestre para la noche del desembarco.
Don Vicente giró el mapa para orientarlo como lo habría hecho alguien que subiera desde la Ribera.
—Desde Miravet se controla bien el movimiento porque está alto —dijo—. Eso no significa que esté al lado de la playa. Una cosa es ver pasar a alguien y otra salir a recibirlo.
—Torre la Sal puede funcionar como vigía avanzada —añadió Isabel—. Miravet, como control del corredor interior. Albalat ocupa otra posición. Si hubo comunicación entre ellos, debemos demostrar cada enlace por separado.
Hale miró de nuevo las distancias. Por primera vez, el territorio de la pantalla dejó de parecer una colección de puntos próximos y empezó a recuperar sus cuestas.
Hale aceptó la corrección sin discutirla. Su lápiz, sin embargo, trazó una línea discontinua entre Torre la Sal y la altura de Miravet.

—Bórrela —dijo Isabel.
—Es una hipótesis.
—Entonces escriba hipótesis. Una línea parece un camino y por ahí no hay un hilo tendido entre dos fortalezas.
Don Vicente leyó la tercera referencia.
—Piedra que no guarda huellas.
La costa situada frente al Prat, en el entorno del Cudolà y el Quartell Vell, conservaba largos tramos de cantos rodados, grava y roca. Sin embargo, su aspecto actual no podía trasladarse sin más al siglo XVII. La barrera litoral, las obras de drenaje realizadas para transformar el humedal, los temporales y el retroceso de la costa habían modificado aquel límite entre el Prat y el mar.
Vicent les había contado durante la feria que en una costa pedregosa un hombre podía descargar de noche sin dejar una hilera clara de huellas. Las piedras se movían, golpeaban unas contra otras y borraban la diferencia entre una pisada y el trabajo del mar. En tiempos más recientes, aquel carácter había favorecido mercancías que preferían no pasar por una aduana. También era hoy una playa abierta y discreta, donde cada cual buscaba el sol a su manera. Ninguna de esas costumbres ni la forma contemporánea del Cudolà demostraban cómo era exactamente aquella orilla en 1662.
—Eso es muy posterior a El Gallo —advirtió Isabel—. El cuartel, los carabineros y esas historias no prueban dónde desembarcaron en 1662.
—Pero ya habría piedra —dijo Hale.
—En algún tramo, seguramente. Lo que no podemos hacer es utilizar el Cudolà actual como una fotografía de 1662.
Isabel escribió Costa próxima a Torre la Sal y al Prat: posibilidad geográfica; punto exacto del desembarco no demostrado. Era menos elegante que una línea roja sobre el mapa y mucho más honesto.
Colocó dos columnas en una hoja. En una escribió los nombres documentados en distintas épocas: Torre la Sal, Albalat, Miravet, Rixer, Gaidó, l’Arc. En la otra, las descripciones británicas. Se negó a unirlas hasta que una acción o una distancia justificara la relación.
Una torre podía indicar vigilancia, refugio o simplemente el punto desde el que alguien inició una búsqueda. Las aguas bajas podían ser el Prat, un cauce o una traducción deficiente. El pozo carecía de nombre. El llano era demasiado extenso. La elevación oscura podía verse desde varios lugares.
—Solo hay una identificación casi segura —dijo Hale.
—L’Arc.
—Un arco antiguo en el llano. No abundan.
Isabel amplió la frase original. El orden no demostraba que los testigos hubieran recorrido los lugares en una sola marcha. Podían ser intentos de búsqueda realizados en fechas distintas.
—Hemos cometido el mismo error que con las cajas —dijo—. Estamos convirtiendo una relación en un viaje.
Hale cruzó los brazos.
—¿Qué propone?

—Buscar acciones. ¿Quién vio la torre? ¿Quién pasó por el pozo? ¿Quién llegó al Arco? Sin verbos, solo tenemos objetos.
Hale guardó silencio.
Isabel separó las cinco hojas. En el margen inferior de la última, casi cortada por la reproducción, aparecían tres palabras que él no había traducido:
follow the keeper.
—No buscaban únicamente cajas —dijo.
Don Vicente leyó por encima de su hombro.
—Seguían al guardián.
—O a la persona que custodiaba algo. La palabra no nos dice qué guardaba.
Hale cerró la carpeta.
—Eso explica la lista. Una persona pasa por lugares. No necesitamos que las ochenta cajas sigan el mismo recorrido.
—También explica por qué preguntó por Casa de Rixer antes de mostrarnos estas páginas —dijo Isabel.
La conversación terminó sin acuerdo. Hale se comprometió a entregar una relación completa de los documentos consultados y a no realizar ninguna prospección sin autorización. Don Vicente le recordó que el Arco era patrimonio y que las propiedades cercanas no se convertían en terreno de búsqueda porque aparecieran en una tableta.
—Llegarán tarde si esperan a comprender todos los documentos —dijo Hale.
—Y usted llegará al lugar equivocado si confunde todos los documentos con mapas —respondió Isabel.
Cuando el inglés salió, la dueña retiró una botella intacta de la mesa auxiliar.
—Ha dicho que no quería más vino —comentó.
Don Vicente miró la puerta.

—Eso sí es sospechoso.
Isabel volvió a la última página. Había algo que no encajaba en la seguridad de Hale. Revisó las propiedades del archivo digital entregado por el registro y encontró una imagen incrustada que no aparecía impresa. Era una fotografía tomada aquella misma mañana.
Mostraba el Arco romano desde el camino público.
En primer término aparecía una regla de escala. Junto a uno de los bloques, sin tocarlo, Hale había colocado una hoja con el símbolo del gallo.
No había removido tierra ni accedido a una finca cerrada. Tampoco había esperado a presentar la memoria que acababa de prometer.
Antes de llegar tarde a l’Hostal por una copa de vino, Edward Hale ya había estado en l’Arc.
Había llegado primero al lugar que todos podían ver.
Isabel necesitaba descubrir quién le había enseñado a mirarlo como una clave.