Capítulo 21 El otro buscador
Hale desapareció de la reunión a las once y veinte.
Dejó el café intacto, recibió una llamada en inglés y dijo que regresaría en media hora. A las doce y cuarto no contestaba. A la una, el técnico de El Molinet avisó de que uno de los sensores instalados tras el intento de entrada había detectado movimiento en un sector sin acceso autorizado.
Don Vicente miró la silla vacía.
—Dime que no es tan idiota.
—Es más metódico —respondió Isabel—. Eso no siempre ayuda.
No entraron detrás de él sin equipo. Avisaron al técnico, dejaron constancia y accedieron por la puerta controlada. El sensor no marcaba la cámara del cofre, sino un tramo lateral que los planos modernos daban por cerrado.
La huella estrecha continuaba allí.
Ahora había otras encima.
—Hale —dijo Isabel.
Reconoció la suela por las fotografías de la inspección anterior. Avanzaba hacia el fondo y no regresaba.
El paso se estrechaba junto al antiguo aljibe. Una reparación de ladrillo ocultaba parte de la roca. Más allá aparecía una abertura suficiente para cruzar de lado, invisible desde el acceso principal. No estaba abierta la vez anterior. Alguien había desplazado un panel moderno colocado para proteger instalaciones, sin tocar el muro histórico.
Isabel llamó.
La voz de Hale respondió desde abajo.
—No avance.
—Es la primera cosa sensata que dice desde que se fue.
—El suelo ha cedido.
El técnico aseguró una línea de protección ya instalada y descendieron hasta verlo. Hale se encontraba en una repisa, dos metros por debajo. No estaba herido. Entre él y la salida faltaba una parte del apoyo que había utilizado al entrar. El material había caído dentro de un conducto donde corría agua.
—¿Quién le ha autorizado? —preguntó Don Vicente.
—Nadie.
—Magnífico. Así ahorramos tiempo buscando al responsable.
Hale había recibido una fotografía. Mostraba la figura de tres puntas de la piedra del Sitjar y una frase de la relación inglesa que hasta entonces no había compartido: cuando el ave salga de los muros, sigue el agua que corre al revés. Alguien añadió una imagen del panel desplazado.
—¿Quién se la envió? —preguntó Isabel.
—Un número sin identificar.
—¿Y decidió obedecer?
—Decidí comprobar si alguien estaba entrando.
—Entrando delante de usted.
Hale no respondió.

El técnico preparó la salida, pero una corriente repentina aumentó dentro del conducto. No llovía en el pueblo. Podía proceder de una descarga, una conducción o agua acumulada en otro punto. El barro cubrió el apoyo y obligó a detener la maniobra.
—No podemos sacarlo por aquí hasta que baje —dijo el técnico.
Hale iluminó detrás de él.
—El paso continúa.
—No lo siga —ordenó Isabel.
—La repisa se está mojando.
El agua no alcanzaba todavía sus botas, pero subía. El hueco posterior ofrecía una salida posible hacia una cámara más alta. El técnico evaluó la estructura y permitió un movimiento controlado. Isabel descendió hasta la repisa con la línea de seguridad. Don Vicente se quedó arriba, desde donde podía mantener comunicación.
La maniobra obligaba a confiar en instrucciones que no podían discutir. Hale debía apoyar primero el pie izquierdo en una zona comprobada, girar sin cargar el borde y pasar la mochila. Lo hizo bien hasta que intentó conservar la carpeta bajo el brazo.
—Suelte los papeles —dijo Isabel.
—Son originales de trabajo.
—Son copias y se están mojando.
—No puedo perderlas.
—Puede elegir entre perder una carpeta y caer con ella.
Hale la entregó. Isabel comprendió que su imprudencia no nacía solo de la codicia. También temía regresar sin la única información que justificaba su presencia. Para él, perder los documentos equivalía a perder autoridad.
Cuando alcanzó el hueco, una piedra menor cayó dentro del conducto. El golpe sonó más profundo de lo esperado. Ninguno miró hacia abajo durante mucho tiempo.
—No tenía que venir —dijo Hale.
—Usted tampoco.
Atravesaron el hueco de lado. La cámara posterior era seca y alargada. Una parte del techo correspondía a roca natural; el resto había sido reforzado en épocas distintas. El aire se movía desde algún punto que no veían.
Hale se sentó contra el muro.
—Mi cliente ha contratado a otra persona.
Isabel esperó.
—No sé quién es —continuó—. Recibo informes que no he solicitado y fotografías tomadas después de mis visitas. Pensé que querían vigilarme. Ahora creo que quieren que encuentre el acceso y asuma el riesgo.
La segunda persona había consultado archivos con otra identidad profesional y había pagado por imágenes de propiedades vistas desde caminos públicos. Hale descubrió la duplicidad al comparar marcas de agua en una fotografía. Su cliente no buscaba una verificación independiente; organizaba una carrera interna para quedarse con el resultado del primero que llegara.
—¿Y aun así siguió trabajando? —preguntó Isabel.
—Pensé que podía llegar antes.
—Eso no es una defensa.
—Es una explicación.
Hale admitió también que había filtrado preguntas durante la Fira, pero negó haber distribuido el audio de las ochenta cajas. Había provocado el rumor sin controlar quién lo convirtió en mensaje. Isabel guardó la confesión para el expediente.
—Quería que el pueblo hablara —dijo él.
—El pueblo habló. También habló su competidor.
—¿La figura de la cámara pertenece a su equipo?
—No lo sé.

—Eso significa que sí podría.
—Significa que el despacho no me informa de todos sus movimientos.
Por primera vez, Hale parecía más preocupado por quién estaba detrás que por llegar delante. La competencia que había utilizado contra Isabel se volvía contra él.
—¿Qué parte de la relación inglesa ha ocultado? —preguntó ella.
Hale abrió la carpeta impermeable. Dentro llevaba tres reproducciones. La primera describía l’Arc. La segunda enumeraba marcas recogidas por los hombres de The Dooler después del asedio. La tercera era un fragmento de una declaración sin firma.
Mencionaba una salida junto al grano, una corriente y la señal que guarda la mujer vieja.
—¿María? —preguntó Isabel.
—El documento es del siglo XVII.
—Una mujer vieja de entonces. No mi abuela.
—La expresión pudo quedar en las copias.
—O alguien la ha traducido para que parezca más útil.
Compararon el fragmento con la fotografía de la tapa. Las líneas coincidían, pero faltaba un signo central. Hale tenía la mitad derecha. La cuenta de Les Santes conservaba la izquierda. Al unirlas aparecía el gallo incompleto sobre tres niveles y una pequeña cavidad donde debería estar el cuerpo.
—Falta una pieza —dijo Hale.
—O una palabra.
El agua siguió creciendo en el paso de entrada. El técnico informó de que la salida quedaba temporalmente inutilizada. Buscarían acceso desde otro sector, pero necesitaban tiempo.
Dentro de la cámara no podían hacer otra cosa que observar. Isabel apagó su linterna durante unos segundos. Una línea débil aparecía cerca del techo, no de luz, sino de aire más frío que movía el polvo. Hale dejó de hablar.
—¿Tiene miedo? —preguntó ella.
—Sí.
La respuesta directa eliminó la última posibilidad de tratarlo como caricatura. Hale sabía leer un archivo y construir modelos del terreno. Bajo tierra, dependía de otras personas y lo sabía.
—Yo también —dijo Isabel—. La diferencia es que pienso salir antes de decidir qué significa la pared.
La corriente de aire se hizo más perceptible.
Isabel recorrió la cámara sin separarse de la línea. En una pared encontró ladrillo del siglo XIX. En otra, mortero más antiguo. Cerca del suelo pasaba una tubería abandonada del XX. Ninguna capa explicaba por sí sola el espacio.
Hale señaló una marca de humedad.
—El agua que corre al revés.
—El agua solo corre cuesta abajo.
—Desde el plano parece dirigirse hacia la montaña.
—Entonces el plano está orientado al revés.
Giraron la reproducción.
El gallo incompleto quedó en posición correcta. Las tres líneas ya no formaban alturas. Repetían mar, llano y montaña. La cavidad central correspondía a algo que no figuraba en el fragmento escrito.
Isabel llamó a María.

No le explicó el acceso ni la cámara. Le leyó la frase y describió la figura.
—¿Qué señal guardaba la mujer vieja? —preguntó.
María tardó en responder.
—Las mujeres viejas guardaban muchas cosas porque los hombres jóvenes las perdían.
—Abuela.
—¿Hay tres líneas y falta el gallo?
—Sí.
—Entonces no falta el gallo. Falta lo que tiene debajo del ala.
Isabel miró la llave. El grabado del ave parecía completo, pero bajo una de las plumas había una hendidura que siempre habían interpretado como desgaste.
—¿Qué es?
—No lo sé —dijo María—. Mi madre lo llamaba la señal del aire.
En la cámara, la corriente llegó desde una pared que los planos consideraban maciza.
Hale se puso en pie.
—Ya tenemos la parte que faltaba.
Isabel guardó la llave.
—Tenemos una frase. La parte solo aparecerá cuando salgamos de aquí con permiso para buscarla.
Por encima de ellos, Don Vicente anunció que habían localizado una salida alternativa.
La colaboración terminaba por el momento.
La pared seguía respirando.