Capítulo 20 Fuera de las murallas

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Seis hombres no podían derrotar a toda la fuerza de Charles.

Podían obligarla a mirar en dos direcciones.

Pere atacó la retaguardia y se retiró antes de que los ingleses consiguieran girar. Dos mercenarios abandonaron la escala para responder. Otros siguieron empujando hacia la puerta. Las órdenes se cruzaron en lenguas distintas y la formación, construida para avanzar, empezó a estorbarse a sí misma.

Desde la muralla comprendieron lo que ocurría.

Los defensores aumentaron la presión en el frente. No intentaban salir. Querían impedir que Charles reorganizara a sus hombres. Arrojaron piedras contra quienes retrocedían, apagaron el fuego de la puerta y desplazaron una escala hasta bloquear el paso de otra.

Las mujeres que habían sostenido los cubos continuaron llevando agua, pero no solo para el incendio. También limpiaban ojos llenos de humo, enfriaban manos quemadas y obligaban a apartarse a quien ya no podía mantenerse en pie. Un anciano que había protestado contra Pere durante la tarde sujetó el cierre con un madero cuando empezó a ceder.

—Luego volveré a decir que la culpa es tuya —murmuró—. Si seguimos vivos.

Charles intentó recuperar el control.

Ordenó a un grupo formar contra Pere y mantener al resto frente a la puerta. La maniobra necesitaba espacio. El camino, las paredes y los cuerpos no se lo dieron. Sus hombres más protegidos tardaban en volverse. Los arqueros no podían disparar sin alcanzar a los suyos. Quienes habían venido por paga empezaron a calcular cuánto valía quedar atrapados entre una muralla y un enemigo que aparecía donde no debía.

Pere conocía ese momento.

En una cubierta, la victoria cambiaba de lado cuando un grupo dejaba de combatir como uno solo y cada hombre empezaba a buscar su propia salida. En tierra ocurría lo mismo. El miedo no necesitaba derrotarlos a todos. Bastaba con convencer a cada uno de que los demás ya huían.

El Gallo lanzó su llamada.

No era el canto de un ave ni una señal misteriosa. Era un grito breve, agudo, repetido dos veces, que sus hombres podían reconocer entre el metal y el humo. Desde la villa respondieron. Una pequeña puerta lateral se abrió lo suficiente para que saliera otro grupo y volvió a cerrarse antes de que Charles pudiera aprovecharla.

Ilustración editorial del capítulo 20, sin destripes.

La retaguardia inglesa se quebró.

Los primeros en correr empujaron a quienes aún intentaban formar. Algunos se apartaron hacia el llano; otros buscaron el camino de la costa. Charles golpeó a uno con la empuñadura y gritó que el oro estaba dentro, que quienes abandonaran la lucha perderían su parte.

La promesa llegó tarde.

Pere se abrió paso hasta él.

Charles llevaba una espada más larga y una protección mejor. En espacio limpio habría tenido ventaja. No estaban en espacio limpio. Entre ambos había un carro volcado, una escala caída y hombres que trataban de escapar. Pere no buscó un duelo. Golpeó la rodilla de Charles contra la madera, dejó que otro hombre le sujetara el brazo y lo derribó entre los tres.

—Otra vez con ayuda —escupió Charles desde el suelo.

—Siempre —respondió Pere—. Esa es la parte que no entiendes.

La lucha terminó por fragmentos.

Un grupo se rindió. Otro huyó. Dos hombres siguieron combatiendo hasta quedar aislados. Cuando la puerta principal se abrió, no salió un ejército vencedor, sino vecinos cubiertos de humo, agotados y demasiado enfadados para celebrar.

Los heridos de ambos bandos se separaron de las armas. Joana ordenó atender primero a quienes podían morir por pérdida de sangre, sin preguntar de dónde venían. La decisión provocó protestas.

—Han venido a matarnos —dijo un defensor.

—Y si mueren atados en la plaza seguirán habiendo venido a matarnos —respondió ella—. Pero nosotros habremos decidido qué hacemos después.

No era compasión sin límites. Los prisioneros quedaron vigilados y se registró lo que llevaban. Entre sus pertenencias aparecieron dibujos de puertas, nombres deformados y una copia parcial de la secuencia de l’Arc. Alguien había hablado durante las semanas anteriores, aunque nadie entregó el mapa completo.

Pere observó uno de los papeles.

—Volverán a buscar.

Ilustración editorial del capítulo 20, sin destripes.

—Entonces no basta con haber vencido —dijo Joana.

Joana encontró a Pere junto a Charles.

—¿Cuántos? —preguntó.

Pere dio la cifra de los muertos de Cabanes y después la de los heridos. No habló de victoria.

—¿Y este?

Charles levantó la cabeza.

—Soy oficial de la Corona inglesa.

—Esta noche eres el hombre que ha intentado quemar nuestras casas —dijo Joana.

La decisión sobre su destino no fue inmediata ni unánime. Algunos querían retenerlo para negociar. Otros temían que liberarlo garantizara un tercer ataque. Quienes habían perdido familiares durante el abordaje o el asedio no pedían prudencia.

Charles intentó negociar por su cuenta. Ofreció nombres, rutas marítimas y una parte del oro que seguía llamando suyo. Aseguró que otros ingleses vendrían si lo mataban y que su ausencia sería vengada.

—Tu gente te cree muerto desde el abordaje —dijo Pere.

Charles vaciló. Era la primera respuesta que no podía combatir con rango ni amenaza.

El traslado hasta l’Arc no siguió la ruta de la costa. El monumento se encontraba al otro lado de Cabanes, hacia el interior, y precisamente por eso la leyenda lo escogió como final visible: quien llegara después desde el mar tendría que atravesar o rodear la villa para encontrar el aviso. No era una torre avanzada ni una puerta marítima. Era una piedra reconocible en el llano.

Joana no acompañó a la comitiva. Permaneció organizando muertos, heridos y daños. Años después se negó a escribir cómo terminó Charles. Registró únicamente que la amenaza cesó. Todo lo demás quedó en la voz del pueblo.

La leyenda posterior simplificó la discusión.

Ilustración editorial del capítulo 20, sin destripes.

Contó que llevaron a The Dooler hasta l’Arc, más allá de Cabanes hacia el interior, y lo colgaron por los pies. Contó que permaneció allí mientras las alimañas hacían con él lo que él había hecho durante años con otros. Ningún acta conservó la escena. Cada generación añadió oscuridad y retiró dudas.

En las cuentas de Casa de Rixer solo quedó una certeza: Charles no volvió a buscar el oro.

Pere regresó a la villa con barro rojizo en las botas. Había acompañado parte del traslado de los prisioneros y comprobado después un refugio exterior. Cuando cruzó la puerta, la gente esperaba una explicación.

—He asegurado lo que todos buscarán —dijo.

Algunos entendieron que hablaba de las arcas.

Joana supo que hablaba del recorrido.

Esa noche se reunieron en la cámara del Sitjar. Había representantes de varias familias, dos arrieros, una mujer que llevaba las cuentas del horno y un albañil que conocía los huecos bajo las casas. Nadie veía el sistema completo. Cada uno conocía un tramo, un número o una señal.

Pere abrió una de las cajas.

Las monedas devolvieron la luz de la lámpara con una facilidad obscena. Afuera aún olía a madera quemada. Una familia velaba a un muerto. El oro parecía demasiado limpio para todo lo que había ocurrido alrededor.

—Hay que repartirlo —dijo uno de los arrieros—. Quien ayudó tiene derecho.

—Si lo repartimos, mañana ochenta casas tendrán que explicar su riqueza —respondió Joana.

—Entonces se entierra.

—Y dentro de veinte años alguien mata a su hermano por recordar mejor el lugar.

Pere la dejó hablar.

Joana propuso dividir el conocimiento, no el oro. Las cajas se moverían y registrarían con números. Ninguna persona conocería todas las ubicaciones. Cuando una parte se utilizara, quedaría constancia del gasto y de su finalidad. Nadie tomaría moneda para enriquecerse. La custodia pasaría a quien demostrara capacidad para negar una petición, incluso si no era el heredero principal.

—No hemos ganado esto para convertirnos en los nuevos señores —dijo.

—Lo ganó Pere —respondió alguien.

—Pere ganó una batalla. El pueblo ha pagado esta noche el precio de conservarla.

El Gallo miró el oro y después las paredes.

Había pasado años aprendiendo a entrar en barcos, calcular mareas y adelantarse a hombres más fuertes. Nada de eso servía para administrar una fortuna durante generaciones. La victoria más difícil consistía en aceptar quién sabía hacer algo mejor.

Le entregó a Joana la primera matriz de plomo.

—Tú pondrás las reglas.

—Y tú las cumplirás.

—Mientras viva.

—Después también, si hacemos bien el trabajo.

Durante las semanas siguientes, las arcas dejaron de permanecer juntas. Algunas se trasladaron a cámaras interiores. Otras salieron de noche hacia refugios de la red. Cada movimiento utilizó relevos y marcas. Ningún carro repitió el recorrido completo del desembarco.

Joana hizo destruir varias copias inútiles y conservar las contradictorias. Una falsedad evidente podía revelar qué buscaba el enemigo; un documento incompleto podía impedir que un custodio futuro creyera saber más de lo que sabía. También ordenó que la historia de Charles circulara sin corregirla. Cuanto más se hablaba del hombre colgado en l’Arc, menos se preguntaba por el sistema que había permitido salir de la villa.

La leyenda fue una defensa más.

La gran carga se convirtió en muchas cargas pequeñas.

Antes de cerrar el primer registro, Joana escribió una frase que solo podían leer quienes conocían el orden de las tres líneas:

**El oro estará seguro mientras nadie sepa dónde empieza Cabanes por debajo de Cabanes.**

Pere creyó que hablaba de túneles.

Joana hablaba de personas.