Capítulo 19 El asedio
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El aviso llegó desde la costa con un caballo que ya no podía seguir corriendo.
El muchacho descendió frente a la puerta más próxima, dijo que habían desembarcado hombres armados y necesitó repetir tres veces el nombre de su jefe antes de que alguien lo entendiera.
The Dooler.
Charles había regresado.
No traía un barco capaz de recuperar el oro. Traía supervivientes del abordaje, marineros contratados, hombres que cobraban por combatir y una certeza que había sobrevivido mejor que su prudencia: Pere Alcorís no podía haberle vencido sin engaño.
En la costa había encontrado rastros de los primeros carros, refugios abandonados y personas dispuestas a venderle un rumor. Ninguna conocía el recorrido entero. Charles convirtió los fragmentos en una ruta y la ruta en una convicción. Si el oro no estaba junto al mar, debía de encontrarse dentro de Cabanes.
Las puertas de la villa se cerraron antes del anochecer.
El aviso no había recorrido un camino único. Desde la Ribera llegó primero la noticia de velas y hombres desembarcados. Después, un pastor vio avanzar una columna que evitaba el paso más visible. Dos mujeres que regresaban con animales confirmaron que no eran comerciantes. La defensa empezó con fragmentos, igual que siglos después empezaría la investigación de Isabel.
Pere ordenó que nadie saliera hacia la costa. Si The Dooler encontraba a una persona aislada, obtendría un nombre, una entrada o un rehén. Las casas próximas a las puertas retiraron carros y objetos que pudieran servir de abrigo. En los corrales se llevó a los animales hacia el interior para que el ruido no revelara movimientos.
Un niño preguntó si los ingleses venían por el tesoro.
—Vienen porque creen que todo lo que desean les pertenece —respondió Joana.
—¿Y nos pertenece a nosotros?

Ella no contestó. La pregunta era demasiado buena para resolverla antes de una batalla.
Pere observó desde la muralla el polvo que levantaba la columna. No parecían suficientes para conquistar una plaza importante. Sí lo eran para incendiar casas, saquear corrales y matar a cualquiera que confundieran con un cómplice.
—Entregadme —dijo.
La propuesta provocó más enfado que valor.
Un hombre aseguró que todo había empezado por su piratería. Otro recordó que el oro no pertenecía a Cabanes. Una mujer preguntó si The Dooler, después de recibir a Pere, se marcharía sin registrar una sola casa. Nadie respondió.
Joana de Rixer esperaba junto al horno, donde se habían reunido sacos de harina, cubos y herramientas. No llevaba armas. Había pasado la tarde distribuyendo reservas, apartando a los niños de los muros y anotando qué casa podía recibir heridos.
—Si sales por la puerta —dijo—, entrarán detrás.
—Si me quedo, atacarán.
—Entonces al menos tendrán que atacar donde nosotros decidamos.
Pere la miró.
Joana no había participado en el abordaje ni en el traslado de las arcas. Sabía, sin embargo, cuántas personas habían cambiado animales durante las tres noches, qué familias custodiaban una parte del recorrido y qué paso debía cegarse si los ingleses alcanzaban la villa. Pere sabía capturar un barco. Joana sabía qué consecuencias dejaba una victoria cuando terminaba la música.
Había discutido con él desde el desembarco. Pere quería mantener las cajas próximas para poder defenderlas. Joana las había separado. Pere confiaba en hombres que habían combatido a su lado. Joana confiaba en que cualquiera podía hablar bajo amenaza. Aquella tarde, por primera vez, él aceptó que la dispersión les daba una ventaja: Charles podía tomar la villa y seguir sin encontrar el cargamento completo.
—Si cae una puerta —dijo Pere—, quemas las cuentas.
—No.
—Los nombres no pueden llegar a sus manos.

—Sacaré las cuentas por otro sitio. Quemarlas sería ayudarlo a borrar lo que hicimos.
Pere quiso insistir, pero la campana volvió a sonar.
—Sitjar —dijo ella.
Pere comprendió.
La defensa se organizó sin heroísmo limpio. Hubo discusiones, miedo y dos hombres que intentaron salir antes de que se cerrara el último acceso. Las campanas llamaron a quienes trabajaban cerca. Se recogió agua. Las piedras sueltas se apartaron de los pasos interiores para que nadie tropezara al correr. Quienes sabían usar armas ocuparon la muralla; los demás prepararon vendas, cubos, herramientas y relevo.
Charles llegó cuando quedaba una franja de luz.
No se acercó a parlamentar. Colocó hombres frente a dos puertas y envió grupos hacia los lados, convencido de que una villa pequeña no tendría suficientes defensores para cubrir toda la muralla. Desde abajo gritó el nombre de Pere y prometió que nadie sufriría si entregaban al ladrón y el cargamento.
Pere respondió desde lo alto.
—Primero tendrás que decidir cuál de los dos es el ladrón.
Charles reconoció la voz.
—¡Ese oro no te pertenece!
—A ti tampoco, Charly.
La palabra hizo reír a algunos defensores. No era una burla grandiosa. Era la reducción de un enemigo que había regresado rodeado de hombres para recuperar una cosa que él mismo había robado.
Charles ordenó el primer ataque antes de que terminara de oscurecer.

Sus hombres avanzaron con protecciones pesadas y escalas. Habían combatido en cubiertas y puertos, pero no conocían el suelo. El terreno próximo a la muralla parecía firme hasta que varias botas encontraron una franja removida. La formación se abrió. Desde arriba cayeron piedras, agua sucia y todo objeto capaz de obligar a levantar la cabeza.
No fue suficiente para detenerlos.
La primera escala alcanzó el muro. Dos hombres subieron protegidos por disparos desde atrás. Uno llegó al borde y encontró a una mujer con una vara de horno, que no intentó vencerlo: empujó la escala cuando él había desplazado el peso. Los tres cayeron sobre quienes esperaban debajo.
En otra puerta, los atacantes prendieron madera contra el cierre. El humo entró por las juntas. Los cubos preparados pasaron de mano en mano. Un muchacho dejó caer el suyo y recibió una bofetada antes de que pudiera agacharse a recogerlo.
—Después lloras —le dijeron—. Ahora corre.
Charles desplazó hombres hacia el acceso más castigado. Esa era la decisión que Joana esperaba. Cuantos más concentrara allí, menos vigilarían la parte exterior donde una pendiente y varias paredes ocultaban el terreno.
Desde el interior no podían ver todo el movimiento enemigo. Se comunicaban mediante golpes, llamadas breves y personas que corrían entre posiciones. Una anciana sentada en una puerta contaba los cubos que pasaban y avisaba cuando una fila disminuía. Un herrero reparaba puntas y cierres. Dos adolescentes trasladaban piedras y fingían no tener miedo.
La defensa no dependía de una hazaña de Pere. Dependía de que cada tarea pequeña continuara mientras los atacantes esperaban una ruptura.
Pere descendió de la muralla.
Llevaba seis hombres. Ninguno preguntó adónde iban hasta que Joana levantó la tarima de una cámara junto al Sitjar. Debajo aparecía un paso estrecho, antiguo y poco digno de una leyenda. Servía para alcanzar un depósito inferior y, desde allí, una sucesión de huecos y tramos reparados.
—No llega fuera —dijo uno.
—No entero —respondió Joana.
El sistema nunca había sido un túnel continuo. Un tramo descendía bajo las casas; otro terminaba en un espacio de almacenaje. Después era necesario cruzar una cámara cegada y utilizar una salida cubierta por un cobertizo situado más allá de la línea principal de la muralla. Solo quien conocía las dos partes podía convertirlas en un paso.
Pere miró a Joana.
—Si no regreso, ciérralo.
—Si no regresas, lo cerraré después de sacar a los tuyos.
—Las arcas…
—Las arcas ya no dependen de ti.
No había tiempo para discutir la frase.
Los hombres descendieron. El aire olía a grano viejo, humedad y humo filtrado desde la calle. Avanzaron agachados hasta la primera cámara. Pere apartó una tabla, pasó de lado entre dos muros y encontró el tramo de roca que conducía a un antiguo desagüe.
Arriba, el ataque continuaba.
Charles oyó gritos dentro de la villa y los interpretó como señal de ruptura. Ordenó acercar otra escala y envió a sus mejores hombres hacia la puerta quemada. La formación se hizo más profunda y menos capaz de girar. Los mercenarios miraban al frente. Ninguno vigilaba el camino por el que habían llegado.
Pere salió fuera de las murallas sin que nadie lo viera.
La apertura quedaba escondida tras una construcción humilde y una pared baja. No era una puerta secreta creada para héroes. Era una suma de huecos que generaciones anteriores habían utilizado para agua, grano, refugio y salida. Casa de Rixer solo había conservado el orden.
Los seis hombres esperaron en silencio.
Desde allí veían las espaldas de los atacantes, el brillo de las armas y a Charles dando órdenes desde un lugar que consideraba seguro. Pere calculó la distancia. Si cargaban demasiado pronto, los ingleses se volverían. Si esperaban demasiado, la puerta podía ceder.
Una llama subió por el cierre.
Joana vio el resplandor desde la plaza y ordenó el último relevo de agua. Después miró hacia el Sitjar vacío. Solo ella sabía que Pere ya no estaba dentro.
Charles levantó el brazo.
Pere también.
Los defensores de la muralla oyeron primero un grito lejano. Creyeron que otra fuerza enemiga llegaba por la retaguardia. Después reconocieron la voz de El Gallo.
El combate había empezado a espaldas de los ingleses.