Capítulo 18 Los silos del Sitjar
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El regalo esperaba a Hale sobre el capó.
Era un saco pequeño, bien atado y acompañado por una tarjeta escrita con letra escolar: **Para el inglés. Muestra del terreno de Cabanes**.
Hale lo observó sin tocarlo.
—¿Es tierra?
Don Vicente se acercó lo suficiente para reconocer el olor.
—Procede de varios corrales. Los quintos han debido de considerar importante ofrecerle una muestra representativa.
—¿Esto es una amenaza?
—No. Si fuera una amenaza, el saco estaría abierto dentro del coche.
Isabel pidió que lo retiraran y evitó preguntar nombres. La broma no aportaba nada a la investigación, salvo demostrar que Hale ya formaba parte de las conversaciones del pueblo. Hasta entonces lo habían mirado como a un extranjero que buscaba oro. Ahora empezaban a gastarle bromas, que en Cabanes era una forma discutible de integración.
En la calle, varias peñas preparaban material para la próxima velà. Quants en serem discutía el diseño mientras las chicas repartían el trabajo y los chicos asentían con la prudencia de quien conocía el orden interno. El Trenet, la rama solo masculina, transportaba estructuras con mucho entusiasmo y una coordinación mejorable.
Els Xiquipums cruzaron detrás de ellos en grupo, pequeños, rápidos y vestidos casi iguales. Hale los siguió con la mirada.
—No pregunte —le aconsejó Don Vicente—. Cuando aparecen todos juntos, ya llegan tarde las explicaciones.
Desde la acera de enfrente, alguien de L’Aixà Caçuda aseguró que aquel año ganarían ellos.
—Primero tendréis que llegarles a los tobillos —respondió una mujer de Quants en serem.
La rivalidad quedó donde debía: entre risas, disfraces y el derecho de cada peña a recordar únicamente los años que había ganado.

Parte de las estructuras procedía de talleres locales dedicados a fabricar castillos y atracciones hinchables. Hale observó una torre de lona doblada sobre un remolque.
—En este pueblo fabricáis fortalezas hasta cuando no buscáis ninguna —dijo.
—Y estas, por lo menos, llevan instrucciones —respondió Isabel.
El Portal del Sitjar seguía en pie con mucha más dignidad que todos ellos.
Camino del portal pasaron junto al torreón defensivo de la entrada por Benlloc. Don Vicente contó, sin nombres, que durante unas fiestas un toro se coló donde no debía y un vecino salvó la vida por muy poco al refugiarse allí. Cada versión aumentaba la proximidad de los cuernos y reducía el espacio disponible.
La historia no resultaba extraña en un pueblo donde la afición taurina y las ganaderías formaban parte de la memoria de las fiestas. En carteles y conversaciones se repetían nombres como Germán, Parejo, La Ribera y La Jotera. Isabel los anotaría como contexto local, no como responsables de aquel toro concreto, cuya procedencia cambiaba según quién contara la anécdota.
—¿Está documentado? —preguntó Hale.
—Está documentado que el vecino sigue vivo —respondió Don Vicente.
Isabel miró la fábrica del torreón. La anécdota no demostraba cómo funcionó siglos antes, pero mostraba que una estructura defensiva podía adquirir usos imprevistos sin perder su identidad. El Sitjar había hecho lo mismo de manera más lenta: puerta, grano, horno, almacenes y memoria superpuestos.
Había formado parte de la villa medieval y conservaba en su nombre la relación con los silos y el grano. Junto a él, el antiguo horno ofrecía otra clase de continuidad. La construcción había cambiado, había sido reparada y adaptada, pero su función colectiva resultaba comprensible: llevar masa, reconocer el pan, esperar turno, pagar lo debido y volver a casa con algo que todos necesitaban.
Isabel recordó el pasaje de Caterina junto al horno. Las marcas sobre el pan habían sugerido un sistema de reconocimiento. No demostraban que el gallo naciera allí, aunque explicaban por qué una familia pudo adoptar un signo sin convertirlo en escudo.
—¿La boca que no mira al campo? —preguntó Hale.
—Podría ser el horno —dijo Isabel—. O una entrada interior asociada al grano.
No inspeccionaron el monumento como si fuera un decorado desmontable. La autorización se refería a planos, espacios municipales accesibles y una posible cámara de almacenaje situada en un edificio contiguo, sin afirmar que existiera bajo el horno real. Don Vicente había insistido en esa separación hasta conseguir que Hale la repitiera sin protestar.
—El patrimonio no está aquí para justificar su reclamación —dijo el alcalde.
—Tenemos una investigación —respondió Hale.
—Usted tiene una reclamación, que es una investigación con más sellos.
Antes de entrar revisaron dos planos de épocas distintas. Una medianera aparecía más gruesa en el antiguo. En el moderno, un pequeño hueco había quedado absorbido por una reforma. No figuraba como paso ni como estancia. Podía ser una irregularidad de medición.
La cámara olía a piedra fría y madera.

No tenía nada de subterráneo. El suelo se encontraba apenas por debajo del nivel actual de la calle. Tres arcos sostenían la crujía y una pared posterior mostraba reparaciones sucesivas. Había servido de almacén, bodega y cuarto de instalaciones. Cada uso había dejado agujeros, enfoscados y cierres.
En uno de los paramentos aparecían pequeñas cruces, letras y rayas hechas en momentos distintos. Hale señaló una figura que parecía un ave. La ampliación mostró que eran dos incisiones superpuestas.
—No todo gallo tiene gallo —dijo Don Vicente.
—Y no toda raya es una señal —añadió Isabel.
Registraron la pared completa para evitar seleccionar únicamente las formas que convenían. De veinte marcas, solo tres podían compararse con signos conocidos; ninguna coincidía de manera suficiente. El resultado negativo también formaría parte del informe.
El antiguo horno aportaba una pista funcional. Los panes entraban marcados porque el fuego borraba diferencias visibles de la masa. Las cajas podían haber recibido números por el mismo motivo: una vez divididas y trasladadas, el contenido exterior dejaba de explicar su origen. La señal permitía devolver cada parte a una historia, no a un propietario.
—Joana pudo copiar un método cotidiano —dijo Isabel.
—O Caterina ya lo había incorporado antes —respondió Hale.
La idea enlazaba 1575 con el asedio sin necesidad de inventar una tradición secreta dentro del horno. Casa de Rixer observaba usos comunes y los convertía en reglas de custodia.
Isabel comparó la figura de la tapa del cofre con las juntas.
Dos líneas paralelas.
Un rectángulo al final.
No era un plano. Era una manera de reconocer una relación: corredor estrecho y cámara transversal.
Hale localizó la primera coincidencia junto a una estantería vacía. El técnico midió el espesor del muro y utilizó un equipo no invasivo. Detrás existía un hueco corto, pero no conducía a ninguna galería. Terminaba contra otra fábrica.
—Una alacena cegada —dijo Don Vicente.
—Un armario con paredes —respondió Isabel.
El cierre no podía abrirse sin obra. Se documentó y quedó fuera de la inspección. Hale recorrió la cámara con frustración visible. Había esperado una entrada y solo obtenían otro espacio cerrado.
—Alguien llegó a El Molinet desde aquí —dijo.

—Alguien dejó una huella en dirección a este sector.
—Es lo mismo.
—No. Podía saber que nosotros pensaríamos en el Sitjar.
Don Vicente miró la pared.
—Una huella como mensaje.
—O una huella de quien salió por otro sitio —dijo Hale.
El técnico llamó desde el extremo opuesto. Había encontrado una diferencia de nivel bajo una tarima moderna. Al retirarse una pieza registrable, sin tocar la fábrica antigua, apareció el borde de un pavimento anterior. Dos surcos paralelos cruzaban la superficie.
No eran canales de agua.
Tenían la anchura irregular de una caja arrastrada. En varios puntos, la piedra estaba pulida por rozamiento. Los surcos se interrumpían ante una pared de ladrillo construida mucho después.
Isabel colocó una escala.
—Cajas pequeñas —dijo Hale.
—O toneles apoyados sobre una base.
—Mida la separación.
La distancia coincidía con las asas laterales descritas en una cuenta de transporte de Casa de Rixer. No probaba el contenido ni la fecha del arrastre, pero limitaba las alternativas.
Don Vicente señaló un hundimiento junto al inicio del surco.
—Lo que fuera pesaba.
El técnico confirmó que el desgaste no podía explicarse por una sola pasada. Varias cargas habían recorrido la misma línea o una misma carga se había movido repetidamente.
Hale fotografió el final cegado.
—Hay que abrir.
—Hay que estudiar —dijo Isabel.
—Al otro lado está la conexión.
—Al otro lado puede haber relleno, una habitación o la casa de alguien.
—Los planos…
—Los planos ya se han equivocado una vez.
Don Vicente recibió una llamada y salió a la plaza. Regresó con una expresión distinta.
—Han intentado entrar en el sector de El Molinet.
La puerta no había cedido. La cámara de vigilancia mostraba una figura cubierta, sin rasgos identificables, que probó el cierre y se marchó al activarse la luz. No era Hale: estaba con ellos. Tampoco pertenecía al personal autorizado.
—¿Quién más conoce la localización? —preguntó Isabel.
—Demasiada gente sabe que hemos entrado. Muy poca conoce la puerta exacta.
Hale guardó la cámara.
—Mi cliente tiene informes.
—¿Con este detalle?
—No debería.
Isabel pensó en las páginas que faltaban de su carpeta, en la segunda relación inglesa y en la huella anterior a su llegada. El otro buscador quizá no era una persona distinta. Podía ser alguien del mismo equipo que Hale no controlaba o que prefería fingir que no controlaba.
Volvió a los surcos.
Terminaban en un muro posterior. En la última piedra visible había una incisión pequeña, casi borrada por el arrastre.
No era el gallo.
Era una figura de tres puntas que Isabel había visto una sola vez, junto al relato inglés del regreso de The Dooler.
El signo no marcaba dónde escondieron las cajas.
Marcaba por dónde salió El Gallo cuando Cabanes estuvo sitiada.