Capítulo 17 El Molinet
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El primer descenso no parecía una entrada.
Era un paso de servicio estrecho, abierto durante una intervención reciente y cerrado por una puerta metálica sin ningún interés histórico. El técnico municipal llegó antes que ellos, comprobó la ventilación y repitió las condiciones de la autorización. No tocarían muros, no retirarían sedimento, no utilizarían herramientas y saldrían a la primera señal de inestabilidad.
Había acudido después de recibir el aviso de Charrín, a quien en el pueblo llamaban el polisero aunque no fuera policía. Al pasar por la zona había visto desplazada una de las cintas exteriores y, en lugar de entrar o ponerse a investigar por su cuenta, llamó al responsable municipal y esperó fuera.
—La puerta estaba cerrada —explicó el técnico—, pero queda registrado el aviso y quién ha pasado por aquí.
Charrín no había encontrado ningún tesoro. Había hecho algo más útil: mirar, avisar y no tocar.
Hale llevaba una linterna frontal, dos cámaras y un medidor.
Don Vicente le señaló la mochila.
—¿Qué más lleva?
—Agua, baterías, guantes, cuerda.
—La cuerda se queda.
—Es equipo de seguridad.
—Dentro ya hay una. La suya puede convertirse en equipo para entrar donde no debe.
Hale la dejó en el vehículo.
Isabel guardó la llave de María en un bolsillo interior. No esperaba encontrar su cerradura. Llevarla era una precaución y también una forma de comprobar si el objeto pesaba más cuando una persona creía acercarse a su uso.
Pesaba lo mismo.

El tramo inicial descendía junto a una conducción. El agua había dejado una marca mineral en la pared, pero aquel canal no pertenecía a una única época. Había reparaciones recientes sobre ladrillo más antiguo; debajo aparecía una fábrica de piedra y mortero. En un punto, la roca natural formaba el techo.
—Cabanes bajo Cabanes —murmuró Don Vicente.
—Todavía no —dijo Isabel—. Esto es un conducto.
—Déjame disfrutar cinco segundos.
El técnico abrió una segunda reja. Detrás había una cámara baja que los planos modernos describían como espacio sin uso. Una parte se había interpretado como depósito; otra conservaba la forma circular de un silo. Más al fondo, un revestimiento hidráulico indicaba un pequeño aljibe o una estructura destinada a retener agua.
Nada formaba una obra continua.
La roca había ofrecido un hueco. Una generación lo utilizó. Otra añadió mampostería. Más tarde se abrió un paso, se cerró otro y se instaló una conducción. El lugar no era un laberinto diseñado por una sola inteligencia. Era el resultado de muchas necesidades apiladas.
La temperatura descendía a medida que avanzaban. No por una profundidad extraordinaria, sino por la ausencia de sol y la circulación del aire. En el suelo quedaban sedimentos finos donde el agua había entrado alguna vez. El técnico señaló una línea más alta en el muro.
—Hasta aquí llegó en un episodio anterior.
Hale calculó la altura.
—¿Una inundación?
—Agua dentro de un espacio —respondió el técnico—. Sin estudiar el origen, no le ponga argumento.
Isabel pensó en el Pla d’Alberic. Allí el agua extendía sedimentos sobre el llano; debajo de Cabanes dejaba líneas en una pared. El mismo elemento construía paisaje, alimentaba cultivos y convertía una galería en una trampa. Por eso las señales no podían limitarse a indicar dónde había agua. Debían advertir cuándo y cómo atravesarla.
En un rincón encontraron fragmentos cerámicos de épocas distintas. No los recogieron. La cámara había sido utilizada, abandonada y reutilizada. Cualquier objeto fuera de contexto podía parecer parte de Casa de Rixer solo porque aparecía cerca del gallo.
—Si encontramos una moneda romana, no convierte a Joana en romana —dijo Isabel.
—Y si encontramos una botella inglesa, tampoco demuestra que sea mía —respondió Hale.
Don Vicente iluminó una botella moderna atrapada detrás de una tubería.

—Esta, por el momento, queda bajo sospecha.
Isabel fotografió las transiciones.
—Si Casa de Rixer utilizó esto —dijo—, no lo construyó todo. Aprovechó lo que ya existía.
—Como Caterina con los caminos —respondió Hale.
La frase era correcta y no buscaba ventaja. Isabel empezó a acostumbrarse a que Hale aprendiera.
Encontraron la primera señal junto al antiguo revestimiento. No era el gallo completo. Tres líneas habían sido incisas sobre una reparación de mortero. La inferior seguía la pendiente del agua; la central se interrumpía en una pequeña oquedad; la superior apuntaba hacia una junta de piedra.
El técnico se acercó sin tocar.
—La incisión es posterior al revestimiento.
—¿Cuánto? —preguntó Hale.
—Eso no se fecha mirando.
Don Vicente miró a Isabel.
—Vas creando escuela.
La junta indicada por el trazo superior no ocultaba una puerta. Al otro lado del muro, según los planos, había terreno relleno. Sin embargo, la pequeña oquedad central contenía una lámina de plomo doblada. Estaba a la vista y no necesitaban extraerla para reconocer el signo impreso: un camino de piedras, el sello de Albalat.
Debajo descansaba una caja de madera del tamaño de un libro.
No parecía llevar siglos allí. La madera exterior había sido sustituida en algún momento, quizá cuando se reparó el conducto. El número **27**, grabado en la tapa, coincidía con el de la señal bajo el rodeno.
—El arca —dijo Hale.
—Un cofre pequeño —corrigió Isabel—. No la caja de veinticinco kilos del manifiesto.
El técnico detuvo la inspección. Se avisó al responsable de patrimonio y se documentó la posición antes de mover nada. La espera duró dos horas. Don Vicente salió para responder llamadas. Hale permaneció sentado en el escalón, mirando la caja como si pudiera aligerar el tiempo mediante concentración.

—Si contiene cuentas —dijo—, la reclamación se fortalece.
—¿Aunque demuestren que el oro se gastó aquí?
—Demostrarían continuidad entre el cargamento y una custodia.
—Eso no decide la propiedad actual.
—No. Pero convierte una leyenda local en una cadena documental.
Isabel comprendió que Hale no necesitaba encontrar todas las monedas. Le bastaba una relación probada que justificara años de litigio, informes y titulares. La verdad histórica y la utilidad jurídica podían separarse en el mismo papel.
Cuando llegó la autorización, la caja se abrió sobre una bandeja.
No había oro.
Contenía restos de papel plegado, oscurecidos por humedad antigua y unidos en un bloque. La lámina de plomo había protegido una parte, pero cualquier intento de separar las hojas allí las destruiría. Se trasladarían para conservación.
En el borde visible podían distinguirse tres elementos: el número de la cuenta de Les Santes, el sello del camino y una palabra incompleta.
**Sit…**
La presencia del papel cambiaba el significado de la cámara. Hasta entonces habían seguido una red de refugios donde podía haber pasado una carga. El cofre demostraba otra función: allí se había guardado información después de que la etapa terminara. El armario no protegía necesariamente oro. Protegía la explicación de su ausencia.
Hale tomó nota de la diferencia.
—Si cada gasto tiene un cofre pequeño, las ochenta arcas originales pudieron desaparecer sin que desapareciera la numeración.
—O cada cofre pequeño corresponde a una etapa, no a un gasto —dijo Isabel.
—¿Cuántas alternativas piensa conservar?
—Las que los documentos todavía no han eliminado.
El técnico pidió que no permanecieran más tiempo del necesario. La humedad relativa aumentaba cerca del conducto y la entrada de personas alteraba el espacio. Incluso investigar podía dañar aquello que pretendían comprender.
—Sitjar —dijo Hale.
—Puede ser —respondió Isabel.
—¿Qué otra cosa?
—Una palabra que empiece igual.
Don Vicente regresó a tiempo para oírla.
—Si acaba diciendo Sitjar, prometo no sonreír.
El interior de la tapa tenía una marca distinta. Dos líneas paralelas terminaban en una forma rectangular. No se parecía al gallo ni a los sellos territoriales. Hale la fotografió y abrió en la tableta uno de sus fragmentos ingleses.
La misma figura aparecía junto a una frase traducida de manera incompleta: **la casa del grano abre la boca que no mira al campo**.
—Los silos —dijo Don Vicente.
—O el horno —añadió Isabel.
El Portal del Sitjar y el antiguo horno concentraban precisamente la memoria del grano, las entradas y la cocción. Eso no autorizaba a buscar una boca bajo el monumento. Podía referirse a una bodega, una cámara de almacenaje o un acceso desaparecido en el entorno de la villa.
El técnico pidió terminar la inspección. Habían encontrado más de lo previsto y cualquier avance requeriría otra memoria.
Al salir, Isabel contó las pisadas sobre el barro fino del último tramo. El registro de accesos y el aviso de Charrín permitían descartar que aquella marca perteneciera a alguien que hubiera entrado legalmente aquella mañana.
Las suyas, las de Hale, las de Don Vicente y las de los dos técnicos quedaban definidas desde la entrada. Había además una huella más estrecha, marcada antes de que ellos llegaran. Entraba desde la cámara, pasaba junto al cofre y desaparecía donde la roca natural se hundía tras una reparación.
No podía haber accedido por la puerta metálica sin quedar registrado.
Hale se agachó.
—Alguien llegó desde el otro lado.
Isabel siguió con la luz la dirección de la punta.
La huella no conducía al exterior.
Conducía hacia el Sitjar.