Capítulo 11 El mapa de 1575

Cabanes, 1575 — Caterina 9 min de lectura

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Los documentos llegaron antes que los hombres encargados de ordenarlos.

Arrieros descargan arcas, legajos y rollos en una sala de archivo mientras Caterina observa.

Durante tres mañanas, los arrieros descargaron arcas, legajos y rollos de pergamino procedentes de Miravet, Sufera y Albalat. Las cajas se apilaron en una sala que olía a cuero húmedo, cera y polvo. Algunas llevaban el nombre de un antiguo territorio; otras, solo el de una casa, una partida o un propietario muerto hacía tantos años que nadie recordaba quién había heredado sus derechos.

La unión de aquellos términos con Cabanes podía escribirse en una línea. Hacerla cierta sobre la tierra era otro asunto.

Caterina lo comprendió el primer día.

No figuraba entre los hombres que debían firmar los inventarios. Había sido llamada porque sabía leer varias manos, distinguir una cuenta de una concesión y reconocer cuándo un pergamino había sido cosido a otro mucho después de escribirse. En los mercados había ayudado a ordenar pesos, portes y deudas. Aquello bastaba para que le confiaran el trabajo que parecía menor: limpiar cubiertas, agrupar copias y avisar si faltaba una hoja.

Los oficiales se reservaban las decisiones.

—Miravet con Miravet —ordenó el escribano mayor—. Sufera con Sufera. Albalat con Albalat.

Caterina miró las tres mesas preparadas.

—¿Y los documentos que nombran dos términos?

—En el que aparezca primero.

—¿Y los derechos de agua?

El escribano levantó la vista.

—El agua no escribe documentos.

—Pero los hombres sí escriben por ella.

Él la observó lo suficiente para decidir si aquello era insolencia.

—Ponlos aparte.

Caterina abrió una cuarta mesa.

Al principio solo dejó sobre ella tres piezas: una concesión de paso para abrevar animales, una reparación de cisterna y un acuerdo que obligaba a mantener libre un cauce después de las lluvias. Al mediodía ya eran nueve. Al terminar la jornada, la cuarta mesa contenía más documentos que la de Sufera.

Caterina separa concesiones de agua y derechos compartidos en una cuarta mesa.

Los límites tampoco obedecían.

Una heredad que en un texto lindaba con Miravet aparecía vinculada a Albalat en una copia posterior. Un camino se describía como acceso a una fuente y, en otro legajo, como salida hacia el llano. Había propiedades medidas desde árboles desaparecidos, paredes derruidas y rocas cuyo nombre solo conservaban los pastores. Cada escritura podía ser correcta en su momento y contradecir a las demás cuando se intentaba colocarlas sobre una misma hoja.

Los hombres encargados de decidir discutían las posesiones. Caterina empezó a registrar las contradicciones.

La primera que pudo comprobar no estaba en una escritura, sino en una discusión.

Dos arrieros llegaron reclamando el uso de la misma cisterna. Uno afirmaba acceder desde tierras de Miravet; el otro llevaba años aproximándose por un camino atribuido a Albalat. Los oficiales los trataron como partes enfrentadas y buscaron qué documento era más antiguo. Caterina escuchó las descripciones.

—¿La cisterna tiene un brocal bajo y una losa rota hacia el norte? —preguntó.

Los dos respondieron que sí.

—¿Y junto a ella crece una higuera pegada al muro?

Volvieron a coincidir.

No disputaban dos lugares ni dos derechos incompatibles. Llegaban al mismo punto desde vertientes distintas y utilizaban nombres territoriales diferentes para describirlo. En una sala de archivo, cada camino parecía pertenecer a un término. Sobre el terreno, ambos dependían de la misma agua.

Dos arrieros describen la misma cisterna desde vertientes distintas ante Caterina.

El escribano resolvió que las concesiones se copiaran por separado. Caterina obedeció y añadió una referencia cruzada en el índice.

Aquella pequeña marca fue la primera línea verdadera del mapa.

Utilizó tres cuadernos.

En el primero copió los nombres tal como aparecían. En el segundo anotó para qué servía cada lugar: agua, refugio, paso de animales, vigilancia, cultivo o camino de carros. En el tercero escribió quién conservaba todavía la memoria práctica: el guarda de una cisterna, un arriero que cruzaba el término, una viuda que cobraba un pequeño derecho de paso y dos hermanos que reparaban las conducciones de lluvia.

No eran personas importantes.

Por eso resultaban indispensables.

Una tarde, uno de los oficiales encontró los tres cuadernos abiertos.

—No nos han pedido una relación de vecinos.

—No lo es.

—Entonces, ¿qué haces?

Caterina señaló un documento de Miravet y otro de Albalat.

—Los dos nombran el mismo abrevadero. Si se archivan por territorios, dentro de unos años parecerán dos lugares distintos.

—Que lo resuelva quien tenga un pleito.

—Cuando llegue el pleito quizá ya no viva nadie que sepa llegar al agua.

El oficial dejó caer las hojas sobre la mesa.

—Tu trabajo es conservar los papeles.

—Eso hago.

Él se alejó convencido de haberla corregido. Caterina esperó a que saliera para escribir una frase en el margen del segundo cuaderno:

Conservar el papel no basta si se pierde el camino.

Aquella noche llevó las copias de trabajo a casa.

No sacó ningún original. Dibujó de memoria lo que había visto y, donde dudaba, dejó el espacio en blanco. La hoja grande ocupaba casi toda la mesa. No intentó reproducir distancias exactas. Trazó el perfil general del territorio con líneas suficientes para recordar cómo se relacionaban la montaña, el llano y los pasos hacia la costa.

Su madre había guardado el Libro de las Señales que Bernat y Elionor iniciaron más de tres siglos antes. Las primeras páginas estaban gastadas; otras habían sido añadidas por manos distintas. Los nombres cambiaban, pero el método permanecía: primero se registraba la función y después el lugar.

Caterina colocó junto al mapa una hoja del libro.

En ella aparecía el gallo sobre tres líneas.

Mar, llano y montaña.

Comprendió entonces por qué los límites no podían ordenarse como una simple sucesión. Los documentos decían dónde empezaba una jurisdicción. Los caminos decían cómo sobrevivía la gente dentro de ella.

Volvió a dibujar.

Miravet quedó asociado a las cisternas, la vigilancia y la memoria de rutas antiguas. Sus referencias podían cambiar de dueño, pero conservaban la relación entre altura y agua. Sufera ocupó la parte más quebrada. Allí una línea recta resultaba inútil: los pasos eran estrechos, las pendientes engañaban y un camino que servía en verano podía convertirse en trampa después de una tormenta. Albalat se abrió hacia el tránsito, las cargas y los caminos de piedra.

No dibujó castillos.

Caterina trabaja de noche con tres cuadernos y un mapa de funciones junto a tres líneas.

Dibujó funciones.

Tampoco señaló escondites. Marcó lugares donde una persona podía esperar sin llamar la atención, donde un animal encontraba agua y donde un mensaje podía pasar de una mano a otra sin que nadie conociera el recorrido completo.

En el mapa oficial, aquellas personas no existían.

En el de Caterina, eran los puntos que mantenían unidas las líneas.

Al día siguiente preguntó a los arrieros por los trayectos reales. No les enseñó la hoja. Les pidió que explicaran qué harían si un barranco bajaba crecido, dónde cambiarían una mula cansada y qué senda evitarían con un carro cargado. Cada uno respondió de forma distinta. Sin embargo, todos coincidieron en algo: el camino más corto casi nunca era el más seguro.

Para encontrarlos a primera hora, Caterina pasó junto al Portal del Sitjar y esperó cerca del horno señorial. Allí el grano cambiaba de forma y también de cuenta: entraba como medida, salía como panes y dejaba en medio derechos, turnos y obligaciones. Cada casa marcaba sus piezas para reconocerlas después de la cocción. Ninguna señal convertía el pan en un título de propiedad sobre el horno; solo evitaba que una familia regresara con la masa de otra.

Caterina observó una bandeja de panes señalados y comprendió que un signo modesto podía ordenar cosas valiosas sin escribir un nombre. Lo anotó en el tercer cuaderno, junto a la lista de personas que conocían las cisternas. El secreto no consistía siempre en ocultar. A veces consistía en permitir que solo reconociera una cosa quien sabía qué marca buscar.

Uno de ellos, un hombre de Sufera con una cicatriz en la ceja, se rio al ver que Caterina contaba las jornadas.

—Eso no se mide en horas.

—¿En qué se mide?

—En agua.

—Explícate.

—Puedes andar mientras el animal beba. Cuando no sabes dónde beberá, ya no tienes camino.

Caterina escribió la frase sin decirle que acababa de resolver la parte que faltaba.

Quiso comprobarlo. Días después acompañó un tramo corto a dos mulas descargadas. El camino que parecía directo desde la villa se estrechaba junto a una pendiente y obligaba a girar antes de alcanzar un cauce. La alternativa añadía distancia, pero ofrecía sombra y un lugar donde el agua quedaba retenida. Caterina observó que los animales escogían el segundo paso incluso antes de que el arriero tirara de las riendas.

En su cuaderno no anotó cuál era el camino más corto.

Anotó cuál seguían las mulas.

Las líneas importantes del mapa cruzaban fuentes, cisternas, barrancos o lugares sometidos a derechos de agua. Los puntos no formaban una red porque pertenecieran al mismo señor. Formaban una red porque permitían desplazarse sin quedar aislado.

Durante las semanas siguientes elaboró una segunda hoja, más sobria que la primera. Eliminó los nombres de personas y los sustituyó por signos. No quería comprometer a nadie si el documento caía en manos ajenas. Una señal indicaba memoria y custodia; otra, advertencia y límite; una tercera, camino y traslado.

Para Miravet grabó en una pequeña matriz una torre sobre agua.

Para Sufera, una montaña partida.

Para Albalat, un camino de piedras.

Los sellos no concedían autoridad. Permitían reconocer el orden correcto sin escribirlo.

Cuando el traslado documental terminó, el escribano mayor revisó los inventarios. Encontró los legajos agrupados, las copias separadas y los derechos de agua en un índice propio. Firmó cada página sin preguntar quién había detectado las contradicciones.

—Al final no era tan complicado —dijo.

Caterina miró las tres mesas vacías.

—No.

Los documentos oficiales quedaron bajo custodia de quienes debían conservarlos. Las copias de trabajo fueron raspadas o reutilizadas. Caterina regresó a casa con sus tres cuadernos y el mapa doblado entre dos tablas.

Antes de guardarlo, añadió una última precaución.

Los tres sistemas de líneas se aproximaban en una franja situada entre la montaña y la villa. Allí podían coincidir las rutas de agua, los relevos y los nombres que comenzaban a desaparecer, pero no siempre en el mismo punto. La estación, el caudal y la persona encargada cambiaban el lugar exacto del encuentro. Caterina había identificado la función de aquella zona. Podía haberla marcado con el gallo o con uno de los sellos.

No lo hizo.

Dejó el centro en blanco.

Quien poseyera solo el mapa vería caminos incompletos. Quien encontrara un sello entendería una parte. Quien conservara los nombres podría aproximarse, pero necesitaría conocer el agua. Nadie tendría el sistema entero salvo la persona que hubiese aprendido el territorio.

Caterina cubrió la hoja con un paño y colocó encima las tres matrices.

Miravet conservaría la memoria.

Sufera advertiría del peligro.

Albalat mostraría el camino.

Y el lugar donde todo confluía permanecería sin nombre, sin sello y sin explicación.

En el centro del mapa no había nada.

Caterina cubre un mapa y coloca tres matrices de plomo dejando el centro deliberadamente vacío.

Solo un espacio deliberadamente vacío.