Capítulo 12 Tres castillos
Escuchar este capítulo
16 min 36 s
No tenían el mapa de 1575.
Tenían tres sellos, dos impresiones en una copia de Cavanilles, una secuencia medieval y la certeza de que alguien había unido paisajes distintos. Era suficiente para formular una hipótesis y demasiado poco para dibujar una línea segura.
En una nota de Agnès habían encontrado además una referencia mínima: según el orden de Caterina, 1575. El nombre no demostraba quién fue aquella mujer ni qué documento había ordenado. Solo vinculaba una persona de la custodia con el año en que los antiguos territorios quedaron reorganizados con Cabanes.
Hale dibujó tres.
Las proyectó sobre la pared de la sala del Ayuntamiento: Miravet, Sufera y Albalat unidos por segmentos rectos. En el centro del triángulo había colocado un círculo gris.

—Si el sistema reparte una función entre tres lugares —dijo—, el punto desconocido debería encontrarse en la intersección.
Don Vicente miró el círculo.
—Eso cae en varias fincas, dos caminos y, según el grosor de la línea, media montaña.
—Es una aproximación.
—Es una mancha.
Isabel no discutió la geometría. El problema estaba antes.
—Ha tratado los sellos como si representaran puntos.
—Representan tres territorios.
—Tres territorios antiguos. No tres coordenadas.
Hale redujo el mapa.
—Por eso debemos visitarlos.
Don Vicente había condicionado las salidas: nada de excavar, entrar en propiedades, mover piedras ni convertir ruinas en escenarios de una búsqueda. Trabajarían desde caminos y espacios accesibles, con documentación y fotografías. Si aparecía un indicio material, se detendrían.
Hale aceptó las reglas con la misma expresión con que otros aceptaban una tasa municipal.
Empezaron por Miravet.

Miravet quedaba bastante lejos del mar. Su altura permitía dominar visualmente corredores amplios y comprender el camino que ascendía hacia Cabanes por el ámbito del Xinxilla, pero no lo convertía en una torre costera ni en una prolongación de Torre la Sal. La diferencia era esencial: desde arriba podía vigilarse un territorio sin estar junto a aquello que se vigilaba.
Torre la Sal pertenecía a otra línea, la del litoral. Si alguna pieza del sistema de Caterina alcanzaba la costa, Albalat ofrecía una relación territorial más inmediata que Miravet. Aun así, Isabel dejó escrito hipótesis de enlace, no ruta demostrada. La torre podía haber sido aviso, referencia o avanzadilla en otra época sin formar parte de los tres sellos.
No intentaron alcanzar cada resto ni convertir el castillo en una atalaya romántica. Desde un punto seguro, Isabel estudió la relación entre la elevación, los barrancos y la apertura visual hacia la costa. La fortaleza era anterior a El Gallo y a Casa de Rixer. No necesitaba que nadie le inventara una cámara para justificar su importancia.
El sello mostraba una torre sobre agua.
—Memoria y custodia —dijo Isabel.
Hale recorrió con los prismáticos las laderas.
—Una cisterna sería un escondite razonable.
—Y una mala razón para suponer que contiene algo.
—No he dicho que lo contenga.
—Ha mirado la cisterna antes que el camino.
La documentación antigua relacionaba Miravet con lugares de agua, pasos y derechos que habían sobrevivido de forma desigual. Isabel no buscaba una pieza enterrada. Quería comprobar qué información podía conservar aquel territorio para quien se desplazara por él.
El viento llevaba olor de monte seco. En las zonas de sombra persistía una humedad que no se apreciaba desde el llano. Los barrancos ordenaban el movimiento mucho más que las distancias. Una persona que desconociera el terreno podía ver un destino cercano y tardar horas en alcanzarlo.
Don Vicente señaló la línea roja de la reconstrucción.
—La marca de Miravet en la copia de Agnès coincidía con el rodeno.
—Con el ámbito de materiales rojizos —corrigió Isabel—. No con cada piedra del castillo.
Hale guardó los prismáticos.
—El sello no señala el castillo. Señala el tipo de territorio que empieza a leerse desde él.
Isabel asintió.
Era la primera vez que él formulaba la idea sin intentar convertirla de inmediato en una ventaja.
Sufera ofreció menos certezas.
El antiguo término se extendía sobre un paisaje más quebrado. Las pendientes y la vegetación ocultaban continuidades que el mapa presentaba como evidentes. La montaña partida del sello no parecía una representación exacta de una cima. Funcionaba mejor como advertencia: a partir de allí, una línea sobre el papel dejaba de ser una promesa de paso.
Hale había calculado el punto más próximo al centro de su triángulo. Llegó antes que ellos siguiendo una pista más corta y esperó junto al vehículo con una satisfacción discreta.
—Desde aquí hay menos distancia —dijo.
Isabel observó el terreno.
Delante se abría una pendiente pedregosa, interrumpida por un cauce seco y una subida sin paso claro. A un lado, una antigua rodada descendía hacia una zona más protegida.
—Menos distancia no significa mejor camino.

—A pie se puede cruzar.
—Hoy. Con luz, sin carga y aceptando una bajada que después tendrá que subir.
—No estamos moviendo arcas.
—El mapa se hizo para rutas, refugios y personas. No para nosotros.
Isabel siguió la rodada sin internarse en la ladera. Terminaba cerca de un punto donde el terreno retenía humedad después de las lluvias. No era una fuente monumental ni una construcción que pudiera fotografiarse como descubrimiento. Era un lugar práctico: sombra, paso y posibilidad de abrevar cuando el agua corría.
Don Vicente miró hacia el atajo de Hale.
—Él ha llegado primero.
—Al lugar equivocado.
Hale los alcanzó varios minutos después. No discutió. Comparó la pendiente con la rodada y tomó una fotografía del cauce.
—Sufera no marca un destino —dijo—. Marca dónde desconfiar de la línea recta.
—Advertencia y límite —respondió Isabel.
El tercer sello los llevó a Albalat.
Allí la relación con el tránsito resultaba más visible. El nombre conservaba la memoria de un camino, y el territorio permitía comprender por qué Caterina habría asociado aquella zona a cargas, desplazamientos y enlace. El castillo y la iglesia fortificada pertenecían a su propia historia. El Gallo no los había construido ni necesitaba haber ocultado nada en ellos.
La matriz mostraba un camino de piedras.

Hale había encontrado, además, una referencia posterior a la Casa de la Sal. La semejanza con Torre la Sal le había permitido construir una ruta completa desde Albalat hasta la costa. Sobre la pantalla, la línea parecía convincente.
—Un nombre relacionado con la sal, un camino y el desembarco —dijo—. No puede ignorarse.
—No lo ignoramos —respondió Isabel—. Lo separamos.
—¿De qué?
—De la conclusión que acaba de añadir.
Una casa, un derecho, un almacén o una referencia administrativa podían conservar la palabra sal sin convertirse en una estación del traslado de 1662. Además, el mapa era de 1575: había nacido antes del abordaje. Si Caterina utilizó aquella referencia, no pudo hacerlo para conducir un oro que todavía no existía en la historia de la custodia.
Don Vicente señaló la línea hacia la costa.
—Puede ser un camino real y seguir sin ser el camino de las arcas.
Hale retiró la proyección.
—Pero demuestra tránsito.
—Eso sí —dijo Isabel—. Albalat conserva el camino. No nuestro deseo de que termine en Torre la Sal.
La falsa conexión no quedó inútil. Confirmó que el sello de Albalat debía leerse como apertura y transporte. También recordó que una palabra repetida en dos lugares podía relacionarlos o limitarse a describir una actividad común. Como con Rixer y Xinxilla, la semejanza merecía estudio, no obediencia.
Hale colocó en la tableta las tres figuras digitalizadas: torre sobre agua, montaña partida, camino empedrado. Después las superpuso a su triángulo.
El resultado seguía sin encajar.
Miravet quedaba ligado a una franja y no a un punto. Sufera obligaba a interrumpir un trazado imposible. Albalat no cerraba el triángulo: abría una salida.
—El orden es incorrecto —dijo Isabel.
—¿Miravet, Albalat, Sufera?
—No hablo de los nombres. Hablo de lo que hacemos con ellos.
Tomó tres hojas.
En la primera escribió conservar. En la segunda, detenerse. En la tercera, trasladar.
—El mapa no dice: ve al primer castillo, después al segundo y termina en el tercero. Dice: conserva una parte de la memoria, reconoce dónde no puedes pasar y utiliza el camino que sí admite carga.
Don Vicente movió las hojas.
—Una instrucción, no una ruta fija.
—Un método para elegir rutas.
Hale recuperó la secuencia de la Carta Pobla. Queixa, Miravet, Sufera, Rixer, Gaidó, l’Arc, la Mesquita, Subarra. La colocó debajo de las tres funciones.
—Entonces los sellos no sustituyen a los nombres.
—Los ordenan.
Durante el regreso revisaron documentos y fotografías. Isabel separó los materiales que solo demostraban que un lugar existía de aquellos que explicaban su uso. La caliza, el rodeno y las arcillas servían para reconocer cambios de terreno, pero no identificaban por sí solos una señal. El plomo de los sellos demostraba que alguien había materializado el sistema; no demostraba dónde se obtuvo el metal ni dónde se guardaron las arcas.
Descartaron tres supuestas pruebas antes de aceptar una.
La visita había cambiado también la actitud de Hale. Continuaba fotografiando más de lo que compartía y preguntando antes de explicar por qué, pero dejó de presentar cada coincidencia como un descubrimiento. En Sufera había comprobado que su modelo más preciso podía llevarlo a un paso inútil. En Albalat, una palabra prometedora lo había conducido demasiado deprisa hacia la costa.
Isabel no confundió aquella corrección con confianza. Solo significaba que su rival empezaba a comprender el precio de equivocarse sobre el terreno.
Una mancha oscura en una piedra era líquen, no tinta. Una alineación de bloques correspondía a una reparación visible, no a una entrada. Un fragmento metálico fotografiado por Hale junto a un camino era moderno.
—No queda mucho —dijo Don Vicente.
—Queda lo que no hemos podido descartar —respondió Isabel.
—Eso no suena tan bien en una rueda de prensa.
—Por eso no habrá rueda de prensa.
Al anochecer regresaron a la sala de consulta. Isabel proyectó la reconstrucción sin el triángulo. Colocó las tres funciones sobre ámbitos amplios y trazó únicamente los pasos compatibles con carros, animales y refugios. Donde el terreno se quebraba, la línea se detenía. Donde existía tránsito, se abría. Donde la memoria señalaba una cisterna o un punto de abrigo, cambiaba de manos.
La figura empezó a parecerse menos a un mapa y más a una red.

Hale amplió los cruces.
—Este se repite.
Era un paso asociado en distintos documentos a un barranco, una obligación de mantenimiento y un derecho de agua. No ocupaba el centro geométrico de los tres castillos. Tampoco era el único.
Encontraron otro junto a una referencia de fuente. Después, un tercero donde una ruta evitaba una pendiente y se aproximaba a una cisterna. Más adelante, una línea de Albalat coincidía con un lugar de abastecimiento antes de dirigirse hacia el llano.
Don Vicente fue marcándolos con puntos azules.
—Todos tienen agua.
—O la posibilidad de encontrarla —dijo Isabel.
Hale regresó a su círculo gris. Quedaba lejos de dos de los puntos y obligaba a atravesar el tramo que Sufera advertía no seguir.
Lo borró.
—Caterina no dejó vacío el centro porque quisiera señalar el centro —dijo—. Lo dejó vacío porque las rutas no convergían en un solo lugar.
—Todavía no sabemos quién era Caterina —respondió Isabel.
—Pero alguien en 1575 pensó así.
Isabel observó los puntos azules.
Miravet conservaba la memoria.
Sufera impedía confiar en un paso aparente.
Albalat permitía trasladar.
Los tres sellos no conducían a tres escondites ni a tres partes del oro. Enseñaban a leer el terreno antes de escoger un camino.
Y todas las rutas que importaban cruzaban una fuente, un barranco, una cisterna o un antiguo derecho de agua.