Umbral de la Parte I — La reclamación

Prólogo El abordaje de Torre la Sal

Costa de Cabanes, 1662 9 minutos

La primera barca apareció por el sur sin más luz que el reflejo de la espuma en los remos.

Charles la vio acercarse desde el alcázar y no se molestó en llamar al contramaestre. Llevaba toda la noche esperando. El contacto debía llegar desde tierra en embarcaciones pequeñas, sin farol y antes del amanecer. Aquella costa baja, sin muelles ni defensas dignas de ese nombre, parecía hecha para negocios que no convenía registrar en ningún puerto.

Detrás de la primera barca surgieron otras dos.

—Por fin —dijo.

Uno de sus hombres escupió por la borda.

—Son demasiados.

Charles apoyó las manos en la regala. Los hombres que remaban vestían como pescadores. Camisas bastas, calzones oscuros, pañuelos ceñidos a la cabeza. En la proa de la primera embarcación había dos toneles y una cesta cubierta con una red. En la segunda, un hombre alzaba de vez en cuando un brazo para marcar el ritmo. Ninguno miraba directamente al barco.

Más allá, apenas recortada contra el cielo, la torre de la costa seguía muda. No había fuego en lo alto ni campana de alarma. El mar respiraba despacio sobre los cantos de la playa.

Tres barcas de pescadores se acercan a un navío fondeado frente a la torre de Torre la Sal

Charles sonrió.

Había cruzado aguas peores, tratado con hombres más ricos y degollado a otros más peligrosos que aquellos aldeanos. En esa parte del Mediterráneo, la pobreza tenía la mala costumbre de parecerse a la obediencia.

—Dejadlos venir.

Pere Alcorís oyó la orden desde abajo, aunque no entendió las palabras. No le hizo falta. Vio que nadie corría hacia los cañones y supo que el inglés había cometido el error que él llevaba dos noches esperando.

Alzó dos dedos.

Los remos entraron en el agua al mismo tiempo.

Pere había observado el barco desde tierra y desde el mar. Conocía su calado, la posición de las piezas, las horas de guardia y hasta el lugar donde apilaban los barriles que estorbaban el paso hacia popa. Había esperado un viento débil de levante que lo mantuviera aproado sin obligarlo a cambiar de fondeo. Había calculado cuánto tardarían los ingleses en comprender que las barcas no llevaban mercancía.

Su única duda era cuántos de sus hombres morirían antes de que lo comprendieran.

La primera embarcación rozó el costado.

Un marinero inglés se inclinó sobre ellos.

—¿Quién manda ahí abajo?

Pere levantó la vista.

—Yo.

Arrojó el garfio.

El hierro mordió la regala. Otros tres garfios volaron a la vez. La cesta cayó al fondo de la barca y dejó al descubierto pistolas, hachas cortas y cuchillos. Los toneles no contenían vino: ocultaban cabos enrollados y escalas de cuerda.

El marinero inglés abrió la boca para gritar. Blai lo agarró por la camisa y tiró de él. El hombre golpeó el costado antes de desaparecer entre las barcas.

Entonces empezaron los disparos.

Una bala astilló un remo junto a la mano de Pere. Otra atravesó el pecho del muchacho que sostenía la escala. Pere no tuvo tiempo de sujetarlo. El cuerpo cayó sentado, con una expresión casi tranquila, y después resbaló hacia el agua.

—¡Arriba! —ordenó.

Subió detrás de Blai. Las cuerdas se tensaron bajo su peso. Desde cubierta intentaron cortar una de las escalas, pero la segunda barca ya había alcanzado el barco y Mateu trepaba por el otro costado. Los ingleses corrían hacia las armas mayores, empujándose entre barriles, cabos y cajas. Uno gritaba que levaran el ancla. Otro exigía que disparasen. Un tercero trataba de formar una línea donde no cabían cuatro hombres hombro con hombro.

Cuando Pere saltó a cubierta, los cañones ya no servían para nada.

El primer inglés le lanzó una pica. Pere apartó el hierro con el hacha, entró por debajo del asta y golpeó con el hombro. Los dos cayeron contra un barril. Olía a brea, sudor y pólvora húmeda. Al incorporarse, Pere sintió el filo de una espada rozándole las costillas. La camisa se abrió y el calor de la sangre le bajó por el costado.

No miró la herida.

Golpeó la muñeca que sostenía la espada. Una vez. Dos. Al tercer golpe oyó romperse el hueso. El hombre soltó el arma, pero aún intentó morderle la cara. Pere le hundió el mango del hacha bajo la mandíbula y lo dejó en el suelo.

Mateu alcanzó la cubierta por babor con cinco hombres. Duró menos de un minuto. Un disparo le entró por el cuello y lo arrojó de espaldas contra la regala. Blai acudió a sujetarlo. Mateu trató de decir algo; solo expulsó sangre.

—Déjalo —gritó Pere—. ¡Cerrad la popa!

Blai obedeció con los dientes apretados.

Los hombres de Cabanes no formaban como soldados. Atacaban por parejas, retrocedían cuando el espacio se cerraba y volvían a entrar por donde un barril, una escotilla o un cuerpo abrían paso. Habían repetido los movimientos en tierra hasta conocerlos sin órdenes. Los ingleses, más altos y mejor armados, esperaban voces que ya nadie podía oír entre el humo y los golpes.

Pero no huyeron.

El contramaestre reunió a seis junto al palo mayor y cargó contra Pere. La primera embestida hizo retroceder a los de Cabanes hasta la borda. Blai recibió un sablazo en el brazo. Otro hombre cayó al agua. Durante unos instantes, Pere vio las caras de los suyos y comprendió que estaban a punto de ceder.

Entonces soltó el hacha.

Agarró uno de los barriles atravesados en cubierta y lo hizo rodar con una patada. El contramaestre tropezó. Los dos hombres que venían detrás chocaron con él. Pere se lanzó sobre el primero, le arrebató la espada y clavó la punta en las tablas, entre las piernas del segundo.

—Ahora —dijo.

Los de Cabanes avanzaron.

No hubo gritos de victoria. Solo respiraciones cortas, madera golpeada y el sonido de los pies buscando dónde apoyarse. Cuando el humo empezó a disiparse, la mitad de los ingleses estaba en el suelo y la otra mitad había retrocedido hacia el alcázar.

Charles los esperaba allí.

Llevaba una casaca oscura y una espada más ligera de lo que Pere había supuesto. No parecía asustado. A sus pies había un marinero muerto con el cuello abierto; no era uno de los hombres de Cabanes.

Combate cuerpo a cuerpo sobre la cubierta de un navío, entre cuerdas, barriles y humo de pólvora

—Llegaba tarde a una orden —explicó Charles, al advertir la mirada de Pere.

Habló en castellano con un acento áspero.

Pere escupió sangre. Algún golpe le había abierto la boca.

—Te quedan pocas órdenes que dar.

Charles bajó los tres escalones de popa sin apartar la espada.

—No sabes qué has tomado.

Atacó antes de terminar la frase.

Pere detuvo la primera estocada, pero la segunda le alcanzó el antebrazo. Charles era rápido. No había sobrevivido tantos años dejando que otros lucharan siempre por él. Giró la muñeca y buscó el vientre. Pere retrocedió hasta chocar con la cureña de una pieza. No tenía espacio para levantar su espada.

Charles sonrió de nuevo.

—¡Ese oro no te pertenece!

Pere miró un instante hacia la escotilla cerrada de la bodega. Luego volvió los ojos al inglés.

—A ti tampoco.

En lugar de apartarse, avanzó.

La hoja de Charles le rozó el hombro. Pere atrapó su muñeca con el brazo herido y le golpeó la cara con la frente. Una vez. El inglés perdió pie. Pere volvió a golpearlo y ambos cayeron contra la cureña. Charles soltó la espada, sacó un cuchillo y lo hundió donde un instante antes había estado el cuello de Pere.

Blai apareció por el costado.

Charles le arrojó el cuchillo y echó a correr.

Dos de sus hombres habían descolgado el bote de popa durante el combate. Saltaron a él mientras un tercero cortaba el cabo. Pere alcanzó la borda a tiempo de ver a Charles caer de rodillas entre los bancos. Blai levantó una pistola.

—Puedo darle.

Pere le bajó el brazo.

En cubierta quedaban heridos. En la bodega, si el inglés decía la verdad, había algo por lo que había matado a uno de los suyos sin vacilar. Perseguirlo en la oscuridad significaba dividir a sus hombres y abandonar el barco cuando aún no sabían si lo habían ganado.

—Que reme —dijo.

Desde el bote, Charles se volvió hacia ellos. Tenía el rostro cubierto de sangre.

—¡Volveré, Gallo!

Pere no respondió.

Esperó hasta que la oscuridad se tragó la embarcación. Después ordenó asegurar la cubierta, recoger las armas y separar a los muertos. A Mateu lo tendieron junto al palo, con las manos sobre el pecho. El muchacho de la escala no apareció.

Solo entonces bajaron a la bodega.

El aire era espeso y olía a madera cerrada. Blai levantó un farol. La luz avanzó sobre filas de cajas pequeñas, reforzadas con hierro y sujetas por listones para que no se desplazaran con el balanceo.

Pere contó en silencio.

Ocho en la primera fila. Diez hileras.

Ochenta.

Rompieron el sello de una. Bajo una capa de tela basta apareció el resplandor amarillo de las monedas. No eran redondas ni iguales. Algunas parecían cortadas con prisa y en otras el golpe del cuño había dejado la cruz fuera de centro. Pero no estaban gastadas: los relieves conservaban aristas vivas y ninguna mano había tenido tiempo de suavizarlas.

Pere tomó una y la volvió bajo la luz del farol.

—Ocho escudos —dijo.

Blai acercó la cara.

—¿Cada moneda?

—Cada una.

—¿Y eso cuánto es en plata?

—Ciento veintiocho reales. Dieciséis piezas de a ocho.

Blai miró la caja abierta y después las hileras que se perdían en la oscuridad.

—¿Cuánto hay aquí abajo?

Pere cerró el puño sobre la moneda. Pensó en Charles huyendo hacia el norte, en los muertos de cubierta y en la torre oscura sobre la costa.

—Demasiado para guardarlo aquí. Demasiado para que nos dejen vivir si lo encuentran.

Subieron la primera caja entre cuatro hombres. Incluso así, el peso les obligó a detenerse antes de alcanzar la escotilla. No eran arcas grandes; no necesitaban serlo. El oro no ocupaba mucho lugar, pero parecía tirar de todo hacia el fondo del mar.

Cuando la quilla de la primera barca tocó los cantos de la playa, ya había gente esperando.

No llegaron con antorchas ni voces. Las mulas estaban aparejadas y los carros permanecían algo más arriba, donde la humedad no hundía las ruedas. Hombres acostumbrados a cargar piedra, leña y toneles entraron en el agua hasta la cintura. Recibían cada arca, la aseguraban con sogas de cáñamo y la subían por dos tablones. Trabajaban deprisa, pero ninguno corría.

Un anciano examinó la herida del costado de Pere.

—Eso habrá que coserlo.

—Cuando terminemos.

—Si terminamos.

Pere lo miró.

El anciano señaló el horizonte. Aún estaba negro, pero ya no faltaba mucho para que empezara a clarear.

—Terminaremos —dijo Pere.

Nadie preguntó de dónde procedían las monedas. Nadie preguntó cuántos ingleses habían muerto ni cuántos volverían. Las preguntas inútiles solo servían para repartir culpas antes de tiempo.

Algunos hombres regresaban al barco. Otros ocultaban las arcas bajo sacos, capazos y haces de caña. Las ruedas se hundían en la grava y las mulas tensaban el cuello, desconcertadas por un peso que no olía a cosecha ni a mercancía.

Ochenta veces repitieron la operación.

Al cargar la última caja, el cielo comenzaba a volverse gris sobre el Prat. Desde la torre seguía sin llegar ninguna señal. El mar había borrado parte de la sangre de los cantos, pero no toda.

Pere permaneció junto al primer carro. Tenía la camisa pegada al cuerpo y el brazo vendado con un trozo de vela. Blai, pálido por la pérdida de sangre, se acercó a él.

—¿A la villa?

Pere contempló el camino que se perdía hacia el interior.

—Hacia Cabanes.

No dijo más.

Los carreteros chasquearon la lengua. Una mula dio el primer paso, después otra. Los ejes crujieron bajo el peso. La columna se puso en marcha sin luces y tomó el Camí Vell de la Ribera antes de que saliera el sol.

Iba hacia Cabanes.

Una columna de carros cargados avanza desde la costa hacia el interior, con Torre la Sal al fondo

Sin embargo, ningún vigilante vio aquellos carros atravesar las puertas de la villa.