Parte I — La reclamación

Capítulo 1 Una carta imposible

11 minutos

El teléfono de Isabel sonó cuando estaba ordenando unas fotografías de archivo. En la pantalla apareció el nombre de Don Vicente.

Respondió al tercer tono.

—Dime.

—Necesito que vengas al Ayuntamiento.

—¿Qué ha pasado?

—Al parecer, nos reclaman un tesoro.

Hubo un silencio al otro lado.

—¿Quién?

—Eso intento averiguar.

—¿Y qué tesoro?

—El de El Gallo.

La risa de Isabel fue breve.

—Entonces contesta que pregunte en el bar. Allí saben dónde está desde hace tres generaciones.

—En el bar no firman electrónicamente.

—Dales tiempo.

—Ven, Isabel.

Ella notó el cambio de tono.

—Tardo veinte minutos.

Cuando Isabel llegó al Ayuntamiento, dos operarios descargaban vallas para la Fira de Sant Andreu. Una furgoneta trataba de pasar entre ellos y el conductor discutía con un hombre que señalaba el suelo como si la anchura de la calle dependiera de su autoridad. Todo parecía razonable. Incluso familiar.

Don Vicente había colocado las hojas sobre la mesa de su despacho en cuatro montones. Isabel entró con una carpeta bajo el brazo y el cabello recogido sin demasiado cuidado. Había venido deprisa, aunque procuró que no se notara.

—¿Dónde está el tesoro? —preguntó.

—De momento, encima de mi mesa. Procura no llevártelo en el bolso.

Don Vicente lee un documento en su despacho del Ayuntamiento, con la iglesia de Cabanes tras la ventana enrejada

Don Vicente le mostró la segunda página de una comunicación. Había marcado una línea con el dedo.

—He llegado a la palabra oro y he dejado de leer.

Isabel siguió la línea hasta encontrar las otras dos palabras que convertían el escrito en una provocación: ochenta arcas.

El membrete era oficial. También lo eran el número de registro, el sello electrónico y el plazo de diez días hábiles que figuraba al final. El asunto, escrito en mayúsculas, ocupaba una línea y media:

SOLICITUD DE INFORMACIÓN Y ACTUACIONES PREVENTIVAS SOBRE BIENES DE POSIBLE TITULARIDAD HISTÓRICA DE LA CORONA.

Debajo, entre referencias de archivos españoles y británicos, aparecían Torre la Sal, el año 1662, un navío inglés y un cargamento desembarcado por la fuerza dentro del término de Cabanes.

—¿Esto de dónde ha llegado? —preguntó Isabel.

—Del registro. Esta mañana.

—Ya lo veo. ¿Habéis comprobado que sea de verdad?

Don Vicente pulsó el interfono.

—¿La firma sigue siendo válida?

La voz de la administrativa tardó un momento en responder.

—Sí. Acabo de comprobarla otra vez.

—¿Y no ha dado error?

—Ninguno.

Don Vicente observó el encabezamiento.

—Pues debería.

Colgó antes de que ella pudiera contestar.

—Que la firma sea válida solo demuestra que el documento es auténtico —dijo Isabel—. No que lo que cuenta sea verdad.

—Me conformaba con que no fuera auténtico.

Los otros montones correspondían a cuatro anexos. El primero era una relación de referencias documentales. El segundo, un informe jurídico que empleaba nueve páginas para afirmar que nadie sabía a quién pertenecía nada. El tercero contenía copias de documentos antiguos, algunos en castellano y otros en inglés. El cuarto estaba protegido y no permitía abrirse sin una clave que no figuraba en ninguna parte.

La comunicación no ordenaba buscar el cargamento. Solicitaba al Ayuntamiento que informara de cualquier hallazgo, noticia archivística, obra, excavación o tradición local que pudiera relacionarse con él. También pedía que, en caso de aparecer objetos de posible valor histórico, se suspendiera cualquier actuación que pudiera dañarlos.

El Estado había tardado trescientos sesenta y cuatro años en preguntar por las cajas, pero ahora necesitaba respuesta en diez días.

Isabel se sentó frente a él. Era historiadora y técnica de patrimonio. Estaba acostumbrada a que la llamaran cuando un papel antiguo debía fecharse, cuando una piedra recibía un nombre demasiado importante o cuando alguien confundía una tradición repetida con un hecho demostrado. Conocía los archivos, pero también el terme: sabía que en Cabanes un mismo lugar podía tener un nombre en un plano, otro en una escritura y un tercero en boca de quien llevaba toda la vida pasando por allí.

Isabel dejó la hoja y pidió que le enseñara el asiento de entrada. Don Vicente abrió la sede electrónica. Ella comprobó la hora, el remitente y la huella digital de los anexos. Después copió el código de verificación en una ventana nueva, sin utilizar el enlace incluido en la propia comunicación. El sistema devolvió el mismo documento, con la misma fecha y las mismas cuatro páginas.

—No lo ha fabricado nadie en su casa —dijo.

—Qué alivio.

—Eso no significa que las conclusiones sean correctas. Un expediente puede ser auténtico y estar basado en una interpretación equivocada.

—O en ochenta.

—Las arcas aún no están demostradas.

—Pero ya figuran en el asunto.

Isabel volvió a la primera página. Aquello no tenía el aspecto de una comunicación redactada por un aficionado entusiasmado con piratas. No prometía descubrimientos ni empleaba palabras como misterio, tesoro perdido o secreto. Cada afirmación estaba limitada por un presuntamente, un posible o un según documentación pendiente de cotejo. Precisamente por eso resultaba difícil apartarla.

Isabel leyó despacio. Al principio mantuvo una expresión divertida. La perdió al llegar al segundo párrafo.

—¿Qué ocurre?

Ella levantó un dedo sin apartar la vista.

La comunicación citaba una relación conservada en un archivo estatal, dos declaraciones de marineros recogidas en Inglaterra y una nota de gasto vinculada a la pérdida de un barco en aguas del Mediterráneo. Ninguno de esos documentos probaba que el oro siguiera existiendo. Ni siquiera demostraban que hubiese llegado a Cabanes. Pero coincidían en el lugar, el año y el número aproximado de cajas.

Isabel examina una hoja del expediente mientras Don Vicente la observa junto a la ventana del Ayuntamiento

—Esto está redactado con cuidado —dijo Isabel.

—¿Eso es malo?

—Es peor que una fantasía. Una fantasía se desmiente. Esto se limita a pedir que comprobemos cosas.

Don Vicente señaló el informe jurídico.

—Según esas páginas, el cargamento pertenecía a la Corona antes de que los ingleses se apoderaran de él.

—Según esas páginas, el Estado estudia si puede sostener que pertenecía a la Corona. No es lo mismo.

—¿Y los británicos?

—Una entidad británica ha comunicado una posible línea de derechos. Tampoco dice que la tenga.

—Magnífico. Nadie sabe si el oro existió, nadie sabe dónde está y ya tenemos dos interesados.

Isabel pasó la hoja.

—No es una reclamación contra el Ayuntamiento. Todavía. Es un requerimiento de información.

—Con plazo.

—Todos los requerimientos tienen plazo.

—Los tesoros no deberían.

Ella sonrió, pero continuó leyendo.

La leyenda de El Gallo era conocida en Cabanes. Como todas las leyendas que llevaban demasiado tiempo circulando, no tenía una única forma. Unas versiones aseguraban que el pirata había ocultado el oro bajo su casa. Otras hablaban de un túnel que comunicaba la villa con la costa. Algunas lo llevaban hasta Miravet, Les Santes o el Desert, según el lugar que conociera mejor quien contaba la historia. En todas, el inglés regresaba para recuperar el tesoro. En casi ninguna coincidían la fecha, el número de hombres o el final.

Isabel nunca había concedido demasiada importancia al relato. Le interesaba como memoria popular, no como fuente. Un pueblo podía recordar un miedo durante siglos y olvidar por completo lo que lo había provocado. También podía inventar un tesoro para explicar una ruina, una marca en una piedra o un apellido extraño.

Pero el documento no hablaba de túneles. No mencionaba cámaras ocultas ni mapas grabados. Hablaba de una rada, de un combate y de ochenta arcas descargadas antes del amanecer.

—Torre la Sal no era un puerto —dijo.

—El escrito tampoco la llama puerto.

Isabel comprobó la frase.

Decía fondeadero próximo a la torre de vigilancia.

—Podrían haberlo sacado de cualquier estudio moderno.

—¿Quiénes?

—Quienes hayan iniciado esto.

—¿No lo ha iniciado el Ministerio?

—El Ministerio ha enviado la comunicación. Alguien tuvo que poner los documentos delante de una mesa para que esa mesa decidiera enviarla.

Don Vicente se inclinó hacia ella.

—¿Sabemos quién?

Isabel buscó en las últimas páginas. Había una referencia a una consulta previa, pero el nombre del solicitante no aparecía en la copia remitida al Ayuntamiento.

—No aquí.

—¿Y por qué ahora?

—Tampoco lo dice.

Fuera sonó el golpe metálico de una valla al caer. Don Vicente se levantó, se asomó a la ventana y esperó unos segundos. Al comprobar que nadie gritaba, volvió a sentarse.

—Hay otra cosa —dijo—. Si esto sale del despacho, mañana tendremos a medio pueblo buscando arcas y a la otra mitad explicando que siempre supo dónde estaban.

—Y pasado mañana vendrán de fuera con detectores.

—Por eso solo lo has visto tú.

—Y la persona que lo registró.

—Sabe que es un asunto de patrimonio.

—¿Le has dicho cuál?

—No. Aún me gustaría conservar algún empleado.

Isabel abrió el primer anexo. Era un índice de documentos. Las referencias españolas estaban descritas con precisión desigual: fecha, caja, legajo y una breve explicación. Las británicas procedían de copias y transcripciones realizadas en momentos distintos. Algunas líneas aparecían tachadas. Otras conservaban signos de interrogación introducidos por el transcriptor.

—Necesito los originales —dijo.

—Necesito contestar en diez días.

—En diez días puedo decirte si las referencias existen. Para saber qué demuestran, quizá necesite más.

Don Vicente señaló la pantalla.

—El cuarto anexo no se abre.

Isabel probó la contraseña que figuraba en el pie de la comunicación. Después intentó con el número de expediente. El sistema rechazó ambos.

—Pide la clave —dijo.

—Ya la he pedido.

—¿Cuándo?

—Hace cuarenta minutos.

—Entonces aún no han tenido tiempo de ignorarte.

Don Vicente reunió los papeles y los volvió a separar, esta vez sin seguir ningún orden.

—Dime qué podemos responder hoy.

—Que el Ayuntamiento no tiene constancia de ningún cargamento.

—Eso ya lo sabía.

—Que la tradición local sobre El Gallo no constituye prueba histórica. Que debemos revisar el archivo municipal, los inventarios y cualquier referencia patrimonial anterior. Y que no puede atribuirse al Ayuntamiento la custodia de algo cuya existencia y ubicación no están acreditadas.

—Eso último ponlo al principio.

—Primero habrá que hacer una búsqueda interna. Actas, inventarios, obras antiguas, comunicaciones sobre hallazgos… Si contestamos demasiado rápido, parecerá que no hemos mirado. Si tardamos, parecerá que ocultamos algo.

—¿Y qué propones?

—Mirar bien y escribir poco.

Don Vicente asintió.

—¿Necesitas entrar en el archivo?

—Sí, pero no hoy. Antes quiero saber qué documentos sostienen la reclamación. Si empiezo a buscar «oro» en el archivo municipal, encontraré historias. Necesito referencias que puedan ser comprobadas.

—¿Y si las encuentras?

Isabel tardó un instante en contestar.

—Entonces dejará de ser una leyenda mal archivada y pasará a ser un problema bien documentado.

Isabel siguió recorriendo el índice. Cada dato aislado podía explicarse. Torre la Sal era conocida. El nombre de El Gallo pertenecía a la leyenda. El año podía haberse deducido de alguna copia posterior. Incluso las ochenta arcas podían proceder de la propia tradición, aunque ella no recordaba haber oído nunca una cifra tan concreta.

Lo inquietante era que todo apareciera unido.

—¿Tú conocías lo de las cajas? —preguntó.

—Conocía el oro.

—Todo el mundo conoce el oro.

—Entonces ya somos ricos.

—Ochenta arcas, Vicente. ¿Habías oído ese número?

El alcalde negó con la cabeza.

Isabel abrió el tercer anexo. Las primeras páginas eran reproducciones deficientes: papel oscurecido, tinta corrida, márgenes mutilados. No intentó leerlas todavía. Se concentró en las transcripciones. Una estaba fechada décadas después del suceso y resumía la declaración de un marinero que aseguraba haber escapado de un ataque en la costa valenciana. Otra recogía los daños del barco, los hombres perdidos y la desaparición de unas cajas cuya naturaleza no se detallaba en aquella copia.

—Aquí no pone oro —dijo Don Vicente, leyendo por encima de su hombro.

—Aquí no. En el informe alguien relaciona esta declaración con otro documento.

—¿Correctamente?

—Eso habrá que demostrarlo.

La siguiente transcripción era más corta. El original parecía una nota añadida al final de una relación de pérdidas. Varias palabras se habían reconstruido entre corchetes. Isabel siguió las líneas con la punta de un lápiz, comparando la fotografía con el texto mecanografiado.

El nombre aparecía casi al final:

Charles Dooler.

—Ahí está —dijo Don Vicente—. El inglés de la leyenda.

Isabel no respondió.

En el pueblo siempre se había contado que Dooler era el apellido del hombre que regresó a buscar el oro. Lo pronunciaban de distintas maneras, como suele ocurrir con una palabra extranjera conservada por oído. Nadie sabía su nombre completo. Charles era una incorporación reciente, tomada quizá de alguna publicación o de alguna versión escrita de la historia.

Ella acercó la reproducción en la pantalla. La tinta del original se había desvanecido junto al pliegue. La transcripción moderna simplificaba el nombre, pero una copia anterior conservaba cuatro palabras que alguien había omitido en el índice.

Isabel las leyó una vez.

Después otra.

—¿Qué has encontrado? —preguntó Don Vicente al ver que ya no sonreía.

Ella giró la pantalla hacia él y señaló la línea.

Charles, called The Dooler.

—¿Qué significa?

—Charles, llamado The Dooler.

—Eso ya lo sabíamos.

—No. Sabíamos que se llamaba Charles Dooler.

Don Vicente miró la frase, luego a Isabel.

—¿Y no?

—Era un apodo.

Isabel señala una línea en la pantalla mientras Don Vicente se inclina para leerla

El despacho quedó en silencio.

Fuera, los operarios habían levantado la valla y la furgoneta consiguió pasar. Durante unos segundos solo se oyó el motor alejándose por la calle.

Isabel volvió a mirar aquellas cuatro palabras.

La leyenda no había inventado al inglés. Había conservado su apodo y olvidado lo que era.

Tres siglos bastaban para deformar un nombre. También bastaban para convertir un cargamento en un tesoro, un camino en un túnel y una desaparición en una promesa.

Pero si The Dooler había existido dentro de la ficción de la leyenda, las ochenta arcas ya no podían despacharse con la misma facilidad.

Isabel cerró los demás anexos y dejó abierta únicamente la transcripción.

—Pide la clave otra vez —dijo.

Don Vicente no hizo ninguna broma.

—¿Qué esperas encontrar en el cuarto archivo?

Ella señaló la referencia que enlazaba la declaración inglesa con la relación española del cargamento.

—El manifiesto original.