Capítulo 4 El rumor atraviesa la feria

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A las diez de la mañana del sábado, las ochenta cajas ya habían aparecido cuatro veces.

La primera versión las situaba bajo la iglesia. La segunda, en un pozo cegado antes de la guerra. La tercera aseguraba que dos técnicos llegados de Madrid habían abierto una cámara durante la noche. La cuarta, nacida junto a una parada de almendras, señalaba el Pou d’Alberic.

Nadie sabía explicar qué relación podía tener aquel pozo con el desembarco de un pirata. Eso no debilitaba el rumor. Le daba un nombre.

—Allí abajo hay de todo —afirmó un hombre—. Agua, mármol y ahora oro.

—Y si continúas hablando, también saldrá petróleo —le respondió una mujer.

Las cuatro historias coincidían en la cifra.

Ochenta.

Grupos de vecinos conversan sobre las ochenta arcas entre puestos y maquinaria de la Fira de Sant Andreu.

Habían transcurrido tres semanas desde la conversación en la cocina de María. Tal como habían acordado, Isabel conservaba la llave envuelta en el paño de lino, solo para documentarla y con la condición de que no la mostrara ni intentara utilizarla sin avisar a su abuela. La llevaba protegida dentro del bolso.

Isabel la oyó junto a una máquina agrícola expuesta en mitad del recorrido de la Fira de Sant Andreu. Dos hombres discutían si las cajas cabrían bajo una casa sin hundir el suelo. Uno calculaba el peso. El otro sostenía que El Gallo no habría podido mover dos toneladas de oro sin dejar una rodada desde la Ribera hasta Cabanes.

—Por eso llevaba carros —dijo una mujer que escuchaba a su lado.

—¿Qué carros?

—Los de la Ribera.

La respuesta pareció resolverlo todo.

La feria ocupaba el centro del pueblo con la naturalidad de algo que regresaba cada año y obligaba a reorganizarlo. Había maquinaria, artesanía, productos del campo, animales y gente que venía menos a comprar que a comprobar quién había envejecido desde la feria anterior. Los altavoces anunciaban una actividad desde algún punto invisible. El olor de la carne, el queso y la tierra húmeda se mezclaba con el humo de las paradas.

El oro pasaba de un grupo a otro sin interrumpir ninguna conversación. Se colaba entre el precio de una herramienta, los destrozos de los jabalíes y la queja de un agricultor que ya no plantaba porque los conejos llegaban antes que él a la cosecha.

Un anciano escuchó la palabra tesoro y señaló hacia la sierra con el bastón.

—El tesoro era el Pla d’Alberic cuando daba las famosas "bresquilles de Cabanes".

Otro añadió que también salían sandías largas, de raya ancha, criadas en secano y tan grandes que un niño necesitaba las dos manos para abrazarlas. Las llamó melones, en femenino, como se había dicho siempre en el pueblo. El primero sostuvo que la arena roja guardaba la humedad sobre la piedra blanca. Ninguno se puso de acuerdo sobre si aquella arena había llegado en una tormenta extraordinaria o en miles de lluvias. Sí coincidieron en que ya casi no quedaban melocotoneros y en que la fauna comía ahora más cosecha que muchas familias.

Isabel no anotó la explicación geológica. Anotó otra cosa: cuando se preguntaba por oro, Cabanes respondía primero con la tierra.

Una familia conocía una puerta tapiada.

Un hombre recordaba una mula que volvió sola.

Otro aseguraba que el Ayuntamiento pensaba ocultarlo todo hasta que terminara la feria.

—¿Y para qué esperar? —preguntó alguien.

—Para que el arquitecto haga una memoria.

—Entonces no lo encuentran en este siglo.

Las risas fueron más rápidas que la explicación.

Isabel encontró a Don Vicente cerca del Ayuntamiento, rodeado por cuatro personas. Una quería saber si podían entrar técnicos en su finca sin permiso. Otra ofrecía un detector de metales. Una tercera exigía que no se ocultara nada. La cuarta solo deseaba hacerse una fotografía con el alcalde, aunque no parecía claro si por la feria o por el tesoro.

Don Vicente atiende consultas de varios vecinos frente al Ayuntamiento durante la Fira de Sant Andreu.

—Ayer no teníamos ningún oro —dijo Don Vicente cuando consiguió liberarse—. Hoy lo hemos encontrado cuatro veces y debemos dinero a tres países.

—La cifra está en todas partes.

—También dicen que hemos cerrado la iglesia.

—Está abierta.

—Eso, según ellos, demuestra que queremos disimular.

Isabel le habló del audio que circulaba por los teléfonos. Una voz masculina afirmaba que existían documentos ingleses, que el cargamento procedía de Lima y que ochenta cajas habían alcanzado Cabanes antes del amanecer. Después invitaba a quien conociera caminos antiguos a hablar antes de que interviniera el Estado.

—Lo de Lima tampoco salió de aquí —dijo Don Vicente.

—No.

—Creo que ya sé quién ha venido haciendo preguntas.

Edward Hale estaba junto a una mesa alta, mostrando un mapa en una tableta a tres vecinos. Tendría unos cuarenta y cinco años. Vestía para caminar, no para posar como explorador. Su castellano era correcto y prudente. Cuando alguien señalaba un lugar, no lo corregía: ampliaba el mapa y pedía que repitiera el nombre.

Edward Hale muestra un mapa en una tableta a varios vecinos y escucha sus indicaciones.

—Edward Hale —dijo Don Vicente—. Isabel.

Hale apagó la pantalla antes de tenderle la mano.

—Por fin. He leído su solicitud al archivo.

—Y yo he visto la fecha de la suya.

Él sonrió como si la respuesta confirmara una buena referencia profesional. Le entregó una tarjeta de Alderwick Maritime Research.

—La solicitud británica la presentó el despacho para el que trabajo —aclaró—. Por eso conozco la petición que ustedes hicieron después.

—Trabajo para un cliente interesado en determinar la procedencia y el destino del cargamento.

—No es lo mismo que investigar su historia —dijo Isabel.

—A veces una cosa conduce a la otra.

—¿Mencionó usted las ochenta cajas?

—He realizado preguntas.

—En vísperas de la feria.

—No esperaba esta reacción.

Don Vicente miró a las personas que ya empezaban a detenerse alrededor.

—Pues aquí cada frase tendrá veinte testigos dentro de un minuto. Vamos al Bar Toni.

A aquella hora el vermut rara vez llegaba solo a las mesas. Lograron sentarse al fondo, entre platos que parecían multiplicarse sin que nadie recordara haberlos pedido. Hale eligió la silla desde la que podía ver la puerta. Dejó la tableta boca abajo y la carpeta sobre las rodillas.

Isabel, Don Vicente, Hale y Vicent conversan alrededor de una mesa del Bar Toni.

En el Bar Toni no existía una mesa verdaderamente apartada. Lo conocían dentro y fuera del pueblo por una abundancia que convertía cualquier bebida en una comida no prevista, y por la facilidad con que una conversación saltaba de una mesa a otra. Don Vicente no había elegido intimidad. Había elegido testigos. Si Hale quería hacer preguntas al pueblo, tendría que aprender también que el pueblo podía escuchar sus respuestas.

—¿Ha difundido usted el audio? —preguntó Isabel.

—No distribuyo documentos confidenciales.

—No le he preguntado eso.

La respuesta exacta que no respondía a nada empezaba a parecer una costumbre.

Hale entregó a Don Vicente varias copias: un parte de daños, dos declaraciones y una ficha de consulta. La numeración saltaba del folio catorce al diecinueve.

—Faltan cinco páginas —dijo Isabel.

—Correspondencia interna de mi cliente.

Antes de cerrar la carpeta, ella vio otro grupo de reproducciones bajo una banda elástica. En la esquina superior aparecía el mismo prefijo de signatura.

Hale había traído información suficiente para entrar en la conversación, pero no toda la que poseía.

—Quiero mostrarles una hipótesis —dijo.

Sobre un mapa actual había trazado varias líneas desde Torre la Sal hacia el interior. Dos recorridos se interrumpían pronto. Un tercero avanzaba hacia Cabanes formando una curva limpia. Círculos concéntricos señalaban las distancias que una caravana podía cubrir en una, dos y tres horas.

—He calculado el tiempo entre el desembarco y el amanecer. Con carros cargados y animales de relevo, este sería el ámbito razonable.

—No —dijo Isabel.

—¿No está de acuerdo con la velocidad?

—No estoy de acuerdo con el viaje. Entre la costa y el pueblo hay más de doce kilómetros en línea recta y alrededor de catorce por las carreteras actuales. Un carro del siglo XVII no cruzaba el Prat siguiendo una regla. Tenía que encontrar firme, evitar el agua y después ganar altura. El último carro salió cuando ya clareaba. No podía llegar antes de un amanecer que había empezado.

—Las declaraciones dicen que las cajas fueron llevadas tierra adentro.

—Dicen que llegaron a tierra y que ninguna volvió al mar. No dicen que alcanzaran Cabanes aquella mañana.

—Entonces ¿adónde fueron?

—A un primer refugio. Cerca, preparado y fuera de la vista. Después pudieron moverlas otra noche.

Hale deslizó dos dedos sobre la pantalla. Durante un instante apareció un panel con tres grupos de marcas grises repartidas por el recorrido. Lo cerró demasiado deprisa.

—Usted ya había calculado un traslado por etapas —dijo Isabel.

—He considerado escenarios alternativos.

—Y nos ha enseñado el más débil.

—Una hipótesis sirve también para descubrir dónde se equivoca.

Isabel comprendió el método. El mapa no estaba diseñado para llevarlos al oro. Estaba diseñado para hacer hablar a Cabanes. Cada desacuerdo regalaba a Hale un camino. Cada burla, un nombre.

—Por ahí no pasó ningún carro cargado —dijo una voz desde la mesa contigua.

Vicent, un agricultor jubilado de espalda todavía firme y manos anchas, observaba el mapa sin ninguna reverencia.

—La pendiente es menor —dijo Hale.

—En la pantalla.

—¿Y fuera de la pantalla?

Vicent señaló una franja sin tocar el cristal.

—Se queda el agua. Arriba parece seco y debajo guarda barro. El primer carro pasa. El segundo hace rodada. El tercero se hunde.

—¿Qué camino habrían utilizado?

—Está pensando en un viaje. Eso no fue un viaje.

—¿Qué fue?

—Una cadena.

Don Vicente acercó una silla. Vicent se sentó.

—Primero sacarían las cajas de la playa y las llevarían a terreno firme. Poca distancia. Los hombres venían de descargar un barco y los animales, de esperar. Si los obligaban a subir todos juntos, romperían un eje o dejarían una señal que podría seguir cualquiera. A la noche siguiente saldría una parte. Después otra. Cambias animales, revisas ruedas y no juntas el oro en una procesión.

Isabel, Hale y Vicent representan sobre un mapa cómo las cajas pudieron moverse en grupos y mediante relevos.

—¿Cuántas noches? —preguntó Hale.

—Tres si lo tenían preparado. Más si había llovido.

Isabel pensó en la leyenda de una sola columna cubierta de cañas. La memoria había comprimido varias noches en una imagen. Era más fácil recordar una caravana que una red de relevos.

—Eso explicaría las versiones distintas —dijo—. Unos conocerían el primer tramo. Otros, el segundo. Muy pocos verían el final.

—Y cada grupo juraría que su camino fue el camino —añadió Don Vicente.

Hale amplió la franja entre la Ribera y el interior.

—El último tramo aún debía conducir a alguna parte.

—Si lo llevaron al pueblo —dijo Vicent.

—Los documentos dicen que fueron hacia Cabanes.

—Hacia Cabanes no significa dentro de Cabanes.

Hale sostuvo el lápiz sobre el cuaderno.

—¿Tenía nombre aquel paso?

Vicent tardó en contestar.

—Mi abuelo lo llamaba Rixer. No sé si era todo el valle o solo una parte. Ya entonces cada uno señalaba un sitio distinto.

Isabel sintió el peso de la llave dentro del bolso.

—¿Rixer era una masía?

Vicent negó con la cabeza.

—Rixer no era una casa ni una familia. Era una vall.

Hale escribió el nombre antes de que ella pudiera formular la siguiente pregunta.

Sobre la mesa quedaron tres cafés fríos, dos platos vacíos y una primera certeza.

El oro no había recorrido un camino.

Había pasado de unas manos a otras.