Capítulo 2 Ochenta arcas

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La clave llegó dos días después, a las nueve y diecisiete de la mañana.

Don Vicente llamó a Isabel antes de comprobar si funcionaba.

—Ya podemos abrir el tesoro.

—El anexo.

—De momento es lo único que tenemos.

Cuando Isabel entró en el despacho, el archivo seguía descargándose. En la pantalla, una barra azul avanzaba con una lentitud que parecía deliberada. Don Vicente había apartado los expedientes ordinarios a un extremo de la mesa. El requerimiento ocupaba ahora el centro, como si en dos días hubiera adquirido algún derecho sobre el mobiliario.

—¿Cuánto falta? —preguntó Isabel.

—Dice que un minuto desde hace cinco.

—Entonces ya se comporta como una administración.

La carpeta se abrió al tercer intento. Contenía ochenta y seis fotografías, cuatro transcripciones, dos informes técnicos y un índice que se extendía durante siete páginas. El documento principal estaba dividido entre un archivo español y varias copias conservadas en Gran Bretaña. En el expediente lo llamaban manifiesto, aunque el encabezamiento antiguo era más modesto: una relación de carga.

Isabel no empezó por las monedas. Comprobó las signaturas, las fechas de las fotografías y la correspondencia entre los folios. Abrió la primera imagen, después la última, y recorrió los márgenes buscando cortes, numeraciones añadidas o diferencias entre el original y la transcripción.

—¿Es auténtico? —preguntó Don Vicente.

—Las fotografías proceden de los archivos que dice el índice.

—No te he preguntado eso.

—Es la respuesta que puedo darte ahora.

La relación había sido escrita por más de una mano. Una anotaba el número de cada caja; otra consignaba el peso y el recuento de piezas. Había correcciones, manchas y cantidades repetidas al margen. En algunos folios, una línea vertical separaba los datos originales de observaciones posteriores en inglés.

Isabel amplió la imagen hasta que la tinta se deshizo en pequeñas grietas negras.

Isabel examina la reproducción del manifiesto mientras Don Vicente observa a su lado.

Las cajas estaban numeradas.

Una. Dos. Tres.

Continuó bajando por el documento. Faltaban dos fotografías intermedias, pero la secuencia reaparecía después sin saltos. Cuarenta y siete. Cuarenta y ocho. Cuarenta y nueve.

En la última página, la relación terminaba en ochenta.

—Así que eran ochenta de verdad —dijo Don Vicente.

—Al menos, alguien escribió ochenta números.

—Nunca das una alegría completa.

—Por eso me llamas.

Cada entrada indicaba un peso ligeramente distinto. Isabel abrió una hoja de cálculo y empezó a convertir las medidas antiguas. Repitió la operación con los valores propuestos en el informe técnico. La diferencia entre ambos métodos era pequeña. Sumó una vez, borró el resultado y volvió a empezar desde el original.

Algunas cajas contenían unas pocas piezas más que otras. El informe calculaba entre novecientas veinte y novecientas treinta monedas en cada una. Isabel hizo una estimación y la escribió debajo de la suma: cerca de setenta y cuatro mil piezas. Hasta aquel momento, dos toneladas había sido una expresión de leyenda. Setenta y cuatro mil monedas eran una carga contada una a una por personas que esperaban recuperarla.

Don Vicente esperó hasta que ella escribió una cifra en una hoja.

—¿Cuánto?

—Entre veinticuatro y veintiséis kilos de oro por caja.

—¿Con la madera?

—Sin la madera ni los herrajes.

Isabel completó la suma. El resultado superaba por poco las dos toneladas. Lo dejó en la pantalla y se apartó para verlo entero, como si la distancia pudiera volverlo más razonable.

Don Vicente leyó la cifra.

—Dos mil kilos.

—Aproximadamente.

—La leyenda decía dos toneladas.

—La leyenda dice muchas cosas.

—Pero en eso acierta.

Isabel no respondió. Había oído aquella cantidad desde niña, siempre acompañada de expresiones que la volvían inofensiva: dicen que, contaban los antiguos, según mi abuelo. Una cifra redonda puede sobrevivir porque resulta fácil de recordar. Lo difícil de explicar era que coincidiera con una suma escondida en un documento que casi nadie en Cabanes podía haber consultado.

Abrió el informe numismático. Incluía fotografías de tres monedas relacionadas con la carga. Eran piezas irregulares, de contorno desigual y acuñación descentrada. Conservaban, sin embargo, relieves vivos. No tenían el desgaste de una moneda que hubiera pasado durante años de una mano a otra.

—Aquí están tus reales de oro —dijo Don Vicente.

—No existen los reales de oro de la leyenda.

—Algo dorado estoy viendo.

—Son monedas de ocho escudos. Los reales de a ocho eran de plata.

Don Vicente acercó las gafas a la pantalla.

—¿Y qué diferencia había?

—Cada moneda de ocho escudos equivalía a ciento veintiocho reales. Dieciséis reales de a ocho por una sola pieza de oro.

—Entonces el nombre importa.

—Mucho.

El manifiesto repetía la misma procedencia en varias entradas: Lima. Los años consignados eran 1659 y 1660. Cuando el cargamento llegó a Torre la Sal, las monedas apenas llevaban dos o tres años acuñadas. Su forma tosca no procedía del uso, sino del modo en que habían sido fabricadas.

Isabel señala en la pantalla una moneda de ocho escudos mientras Don Vicente revisa el manifiesto.

—¿Y todas venían del mismo lugar? —preguntó Don Vicente.

—Eso afirma la relación.

—Mucho oro para cruzar medio mundo.

—Y demasiado para que alguien aceptara perderlo.

Isabel comparó una fotografía con la transcripción. La leyenda había conservado el metal y la cantidad, pero había cambiado la moneda. Había transformado los escudos en los reales de a ocho que todo el mundo reconocía y, para no perder el oro, había creado una expresión imposible: reales de oro.

Una moneda irregular de ocho escudos de Lima se examina junto a una escala de archivo.

—Puede ser una deformación normal —dijo—. Quien repite una historia sustituye lo que no entiende por algo conocido.

—O alguien lo contó mal desde el principio.

Isabel lo miró.

—¿Para qué?

—Tú eres la historiadora.

—Y tú eres quien acaba de proponerlo.

Don Vicente se encogió de hombros.

—En este pueblo se han dicho cosas menos exactas con intenciones mucho más claras.

Isabel volvió a las cajas. En la copia inglesa, junto a algunos números, aparecía una señal diminuta añadida con tinta más oscura. En unas páginas parecía un ave mal dibujada; en otras, una mancha sobre tres trazos cortos. Podía ser una marca de control, una indicación del copista o una simple penetración de tinta desde el reverso. La anotó como signo no identificado y continuó.

El volumen del oro no era el problema. Veinticinco kilos de aquel metal ocupaban muy poco. Las arcas podían ser pequeñas y seguir necesitando una persona fuerte para moverlas, dos para hacerlo deprisa y más hombres para subirlas desde la bodega de un barco sin romperse la espalda.

Isabel dibujó ochenta rectángulos en ocho filas.

—No tuvieron que descargar un almacén —dijo—. Tuvieron que mover algo peor: cajas pequeñas que pesaban mucho más de lo que parecía.

—¿Cuántos carros?

—Cuatro, si los cargaban al límite y el terreno lo permitía. Cinco o seis si querían avanzar sin partir un eje. Más las mulas, las barcas y la gente para hacer el traslado antes de que amaneciera.

—¿Cuánta gente?

—No puedo saberlo.

—¿Diez?

—Pocos para sacar ochenta cajas de una bodega, pasarlas a las barcas, llevarlas a tierra, subirlas por los cantos y ocultarlas en los carros en unas horas.

—¿Veinte?

—Posible. Quizá más. No necesitaban un ejército. Necesitaban hombres que supieran lo que hacían y que no se detuvieran a preguntar.

Don Vicente observó los rectángulos.

—Y después, todos callaron.

—Eso parece.

No era el silencio de una sola noche. Para que la historia se deformara sin desaparecer, alguien tuvo que repetirla y alguien tuvo que corregir a quien preguntaba demasiado. Las cajas quizá podían ocultarse en unas horas. La memoria de quienes las movieron necesitaba generaciones para convertirse en una leyenda.

Isabel cerró el manifiesto y abrió las declaraciones inglesas. La primera procedía de un marinero recogido días después al norte de la costa. Afirmaba que tres embarcaciones de pescadores los habían engañado. La segunda hablaba de cinco barcas y más de cuarenta atacantes. Un tercer superviviente aseguraba que el asalto había sido dirigido desde tierra mediante señales.

—No coinciden en nada —dijo Don Vicente.

—Coinciden en lo que intentan ocultar.

Los tres declarantes reducían su propia responsabilidad. Uno decía que estaba herido antes de comenzar la lucha. Otro culpaba al capitán por permitir el acercamiento. El tercero aseguraba haber defendido la escotilla hasta perder el conocimiento. Ninguno admitía haber huido.

Pero todos situaban a los atacantes dentro del barco.

Isabel abrió el parte de daños. La borda había sido destrozada desde cubierta, no desde el mar. Había impactos de armas cortas en torno a la escotilla, cortes en los cabos que sujetaban la carga y sangre en la bodega. El informe de un cirujano enumeraba muertos, heridos y dos hombres desaparecidos. Otra nota registraba la pérdida de armas, pólvora y un bote menor.

La última declaración mencionaba a Charles. No explicaba cómo había abandonado el navío, pero dos hombres aseguraban haberlo visto alejarse en el bote con otros cuatro supervivientes.

—Entonces no entregaron las cajas —dijo Don Vicente.

—No.

—El Gallo tomó el barco.

Isabel recorrió otra vez los documentos. Por separado, cada uno permitía dudas. Juntos describían una secuencia demasiado precisa: aproximación, abordaje, combate en cubierta, lucha junto a la bodega, huida de Charles y traslado del cargamento.

—Lo abordó —dijo—. Y lo venció.

Don Vicente se apoyó en el respaldo. La frase parecía haber cambiado el aire del despacho. Hasta entonces habían estado examinando una leyenda apoyada por papeles. Ahora los papeles comenzaban a contar algo por sí mismos.

—¿Y el navío español? —preguntó.

—Hay una relación anterior de pérdida. El cargamento fue arrebatado antes de llegar aquí. Los ingleses tampoco eran sus propietarios.

—Eso diría El Gallo.

—Eso dicen los documentos.

—Me tranquiliza que todos robaran con papeles.

Isabel iba a cerrar el informe cuando vio una fecha reciente en la ficha de reproducción. No pertenecía al original. Era la de una solicitud de acceso.

El manifiesto había sido consultado seis semanas antes.

Abrió las propiedades del documento y comparó el código con el índice del expediente. La petición procedía de una persona acreditada por una institución privada británica. El nombre había sido ocultado en la copia enviada al Ayuntamiento, pero la fecha y el objeto de la consulta permanecían visibles.

—Alguien llegó antes —dijo.

—¿El Ministerio?

—No. O no solo el Ministerio.

—¿La entidad británica que habla de derechos?

—Puede ser. Aquí no lo identifica.

La solicitud incluía la reproducción completa del manifiesto y de las declaraciones de los supervivientes. Quien la hubiera presentado conocía las ochenta cajas, la ceca de Lima y el desembarco antes de que el requerimiento llegara a Cabanes.

Isabel muestra una solicitud reciente de acceso al manifiesto mientras Don Vicente cierra la ventana del despacho.

Don Vicente se levantó y cerró la ventana, aunque en la calle no había nadie detenido.

—¿Podemos averiguar quién es?

—Pediré el expediente de consulta.

—Hazlo hoy.

Isabel regresó a las fotografías. Quedaba un folio sin transcripción, catalogado como reverso sin contenido relevante. Lo abrió por rutina. Al principio solo vio manchas y la sombra de la escritura de la otra cara. Cambió el contraste. En el extremo inferior apareció una línea añadida por una mano distinta.

La tinta era débil, pero se podía leer.

Isabel tradujo despacio:

—Las ochenta cajas llegaron a tierra. Ninguna volvió al mar.

Isabel examina el reverso de un folio junto al ordenador mientras Don Vicente observa a su espalda.

Don Vicente permaneció de pie.

—¿Quién lo escribió?

—No lo sé.

—¿Estaba allí?

—Tampoco lo sé.

Isabel miró la cifra total, los ochenta números y la señal diminuta que se repetía junto a algunos de ellos. Dos toneladas no podían desembarcarse y desaparecer en unas horas sin barcas, animales, carros y muchas manos.

El oro no se había hundido. No había quedado en el barco. Tampoco había vuelto a salir por mar.

Había entrado en el territorio de Cabanes.

Y donde habían intervenido tantas personas, alguna familia debía de haber conservado un recuerdo.