Capítulo 15 La Rana de Rodeno
Escuchar este capítulo
16 min 18 s
La previsión anunciaba una mañana estable y, cuando llegaron a Les Santes, el cielo seguía abierto sobre el llano.
Habían limitado la salida a un recorrido corto, conocido por María y próximo al punto donde dejarían el vehículo. La anciana caminaba por aquella zona desde joven y había aceptado volver con bastón, impermeable y sin apartarse del itinerario acordado. Nada indicaba todavía que las nubes fueran a subir desde detrás de la montaña con una rapidez que no se apreciaba desde Cabanes.
Don Vicente se había quedado en el Ayuntamiento para contener el expediente, las llamadas y a dos personas que querían saber si el municipio pensaba organizar visitas al tesoro. Hale había recibido instrucciones claras: no acompañarlas, no seguirlas y no realizar ninguna salida por su cuenta.
Las había leído.
No había contestado.
Durante el trayecto, Isabel preguntó por otros nombres que habían aparecido al ordenar testimonios: el Toll de Cabrera, cerca de les Gassiones, y los avencs de Sòria y Saura. María conocía las palabras y alguna de las historias, pero se negó a colocarlas sobre la misma ruta.
—En el Toll dicen que aterrizó una cosa del cielo —dijo—. Y cerca de una salida de agua, por Miravet, hubo quien juró que encontró un animal que nadie sabía nombrar.
—¿Un ovni y una especie desconocida? —preguntó Isabel.
—Dos historias. No les pongas uniforme.
No existía en sus manos informe científico, pieza conservada ni observación verificable que permitiera afirmar ninguna de las dos. Isabel las anotó como tradición oral contemporánea. Servían para demostrar la facilidad con que un lugar absorbía lo inexplicable, no para poblar la investigación de visitantes del espacio o animales imposibles.
—¿Y la Rana? —preguntó.
María miró la franja oscura de nubes.
—La Rana no necesita que la creas para que mires hacia arriba.
Isabel estacionó donde terminaba el trayecto permitido y preparó una mochila ligera con agua, impermeables, teléfono, una pequeña cura y copias de las fotografías. María rechazó el bastón telescópico que le ofreció y sacó del maletero uno de madera, pulido por años de uso.
—Este sabe dónde apoyarse.
Avanzaron despacio.

María imponía un ritmo que al principio parecía excesivamente prudente y después resultaba exacto. Caminaba varios minutos, se detenía antes de cansarse y utilizaba cada pausa para mirar el cielo. Isabel comprendió que aquella economía del esfuerzo pertenecía al mismo conocimiento que estaban buscando: llegar no servía de nada si una persona agotaba la fuerza necesaria para regresar.
El entorno de Les Santes no se parecía al llano del Arco. El rodeno aparecía en tonos apagados, desde el rojo oscuro hasta el ocre, mezclado con zonas claras y vegetación. La piedra retenía el calor y, en las partes erosionadas, formaba repisas, canales y huecos que cambiaban de aspecto con cada curva.
María no nombraba todo lo que veía.
Se detenía ante una bifurcación, comprobaba la pendiente y escogía el paso menos evidente. En dos ocasiones corrigió a Isabel sin explicaciones. La primera evitó una zona de grava suelta. La segunda las alejó de un cauce seco que parecía más cómodo que el camino alto.
—Por ahí se anda mejor —dijo Isabel.
—Hasta que deja de andarse.
El aire olía a tierra caliente. A lo lejos sonó un trueno.
—Abuela.
—Lo he oído.
—Podemos volver.
—También podemos dejar de perder tiempo.
María señaló un paso entre dos masas de rodeno. No era una entrada secreta. Era una abertura natural, lo bastante ancha para una persona y demasiado irregular para un carro. La antigua ruta debía de rodear aquel punto y reencontrarse más abajo con un camino practicable.
—Mi madre llamaba a esto la boca —dijo.
—¿La boca de la Rana?
—No. La boca del valle.
Más adelante, la piedra apareció sobre una ladera.
Isabel no necesitó que María la señalara.
Era una gran masa de rodeno, erosionada en dos niveles. Desde el camino, la parte superior parecía una cabeza agachada y el cuerpo descansaba sobre la pendiente. Dos apoyos oscuros sugerían patas recogidas. Si se observaba desde otro ángulo, la figura desaparecía y solo quedaba una roca desequilibrada por la erosión.

—La Rana —dijo Isabel.
—Desde aquí.
—¿Desde otro sitio no?
—Desde otro sitio será otra cosa.
María no contó la leyenda como una historia aprendida de memoria. La dijo mientras estudiaba las nubes.
Quien entraba con malas intenciones por el curso de Xinxilla despertaba a la Rana. La roca se soltaba, bajaba por el valle y aplastaba al intruso. Nadie sabía si había sucedido una vez o muchas. Cada generación añadía un derrumbe, un animal muerto o un forastero que regresaba herido.
—¿Tú lo crees? —preguntó Isabel.
—Creo que esa piedra caerá algún día.
—No es lo mismo.
—Cuando caiga, pregúntale por qué.
Isabel fotografió la formación sin registrar una ubicación precisa. No tocaron la roca ni se acercaron a su base. María continuó por un sendero lateral hasta una zona protegida por un saliente.
Allí no había paredes.

Había una sucesión de repisas naturales. Algunas estaban abiertas a la lluvia; otras permanecían secas gracias a la inclinación de la piedra. Desde lejos parecían simples sombras. De cerca, cada una podía ocultar durante unas horas una herramienta, un mensaje o un pequeño paquete.
—Los armarios —dijo Isabel.
—Uno de los nombres.
—¿Els Armaris está aquí?
—No he dicho eso. Mi madre llamaba armarios a sitios como estos.
La precisión importaba. Un uso familiar no trasladaba un topónimo oficial ni demostraba que aquellas repisas fueran las mismas del mapa de Caterina. Pero confirmaba la función: guardar sin construir una cámara, entregar sin reunirse y proteger algo durante una etapa del camino.
Isabel sacó las fotografías de los tres sellos.
En una repisa encontró una mancha de mortero viejo adherida a una piedra distinta del rodeno que la rodeaba. No la tocó. Podía ser una reparación de cualquier época. María acercó la cara sin apoyar las manos.
—Aquí hubo algo puesto.
—¿Una caja?
—Algo. No empieces a convertir cada hueco en un arca.
Un ruido de piedras llegó desde el camino.
Isabel se volvió.
Hale apareció entre dos pinos, a más de cincuenta metros. Llevaba una mochila pequeña y el teléfono en la mano. Había seguido otro sendero y ahora intentaba disimular el esfuerzo de la subida.
—Le dijimos que no viniera —gritó Isabel.
—Dijeron que no las acompañara.
—Y que no las siguiera.
—No he utilizado su ruta.
María apoyó las dos manos sobre el bastón.
—Entonces estará perdido por su cuenta.
Otro trueno retumbó más cerca. El viento cambió y llevó las primeras gotas hasta el saliente.
—Regresamos —dijo Isabel.
Hale avanzó hacia ellas.
—He visto la roca.
—Desde el camino basta.
—Hay una marca en el lado inferior.
—No se acerque.
—Ya estaba desprendida.
Hale dio dos pasos sobre una franja de grava rojiza. La superficie cedió bajo una bota. No cayó, pero tuvo que agarrarse a una rama. Varias piedras pequeñas bajaron por la pendiente.

María no se movió.
—La distancia más corta —dijo—. Otra vez.
Hale retrocedió hacia terreno firme.
—Puedo llegar por arriba.
—Puede volver por donde ha venido —respondió Isabel.
La lluvia aumentó.
No era todavía una tormenta cerrada, pero el agua empezó a correr por canales que minutos antes solo parecían grietas. Isabel ayudó a María a guardar las fotografías. Al apartarse del saliente, rozó el antebrazo contra una arista y abrió una herida superficial.
—Nada —dijo.
María la examinó.
—Nada también se limpia.
Unos metros más abajo señaló una mata oscura.
—Boxa negra.
—¿Jara negra?
—Así la llamábamos. Para golpes, inflamaciones y heridas pequeñas se utilizaba antes. Cada casa tenía su manera.
No arrancó hojas ni improvisó una preparación. Isabel sacó agua limpia, lavó la rozadura y la cubrió con una gasa de la mochila.
—Mi madre habría machacado la planta —dijo María—. Yo prefiero que no hagas experimentos con una herida.
—Eso no estaba en tus historias.
—Las historias sirven para recordar. No para dejar de pensar.
El estruendo llegó desde la ladera.
No fue un trueno.
Una piedra del tamaño de una mesa se soltó por encima del sendero que Hale había intentado cruzar. Golpeó dos veces contra el rodeno, arrastró tierra y quedó encajada entre otros bloques. Una nube rojiza se mezcló con la lluvia.
Isabel llamó a Hale.
—¡Estoy bien! —respondió desde el otro lado.
La roca no lo había alcanzado. Había cortado el paso entre él y las dos mujeres.
—Vuelva por su camino —gritó Isabel—. No intente rodearla.
—Hay otra salida.
—La que ha utilizado para llegar. Llame cuando esté abajo.
Hale tardó en responder.
—De acuerdo.
María contempló el bloque recién caído.
—Le habéis dicho que no entrara.
—Ha cedido por la lluvia.
—Claro.
—La Rana sigue en su sitio.
María empezó a descender.
—Tú solo has visto la que parece una rana.
La frase podía referirse al bloque caído, a la gran formación de la ladera o a todas las piedras inestables del valle. María no la aclaró. La leyenda funcionaba precisamente porque convertía un peligro disperso en una figura imposible de olvidar.
Isabel no supo si bromeaba.
La ruta de regreso quedaba libre por el lado alto, pero debían avanzar con cuidado. Cerca de una de las repisas, la lluvia había lavado el polvo de una pequeña pieza de piedra encajada en el mortero viejo. Su color rojizo la confundía con el fondo.
María se detuvo.
—Eso no estaba así cuando yo vine.
—Han pasado muchos años.
—Por eso lo digo.
Isabel se agachó sin tocarla. En la superficie aparecía una marca incisa: el gallo sobre tres líneas. Debajo aparecía el número veintisiete y un signo lateral.

Fotografió el conjunto con una escala colocada cerca, sin apoyarla sobre la piedra. La lluvia obligó a proteger el teléfono bajo el impermeable. Amplió la imagen.
No era una fecha.
El orden de los trazos coincidía con el sistema utilizado en el manifiesto inglés para identificar las arcas. No bastaba con reconocer un número. La pequeña señal lateral correspondía al lote desembarcado en Torre la Sal y no aparecía en las cuentas posteriores que Hale había mostrado.
Isabel abrió en el teléfono la reproducción del documento.
Comparó ambas imágenes.
—Es una de las ochenta —dijo.
María no mostró sorpresa.
—¿Está dentro?
—No. La marca solo demuestra que la relacionaron con este lugar.
—Entonces no digas que la has encontrado.
Isabel guardó las imágenes.
La repisa no contenía oro, madera ni metal. Quizá nunca había guardado el arca completa. Podía ser un punto de relevo, una señal de paso o el registro de una carga destinada a otra parte. Pero por primera vez el manifiesto inglés y una marca de Casa de Rixer coincidían fuera de los documentos familiares.
No en el Arco.
No en un castillo.
En una pared sin paredes, bajo el rodeno y cerca del agua.
El teléfono de Isabel sonó. Era Hale.
Había llegado al camino inferior.
—¿Han encontrado algo? —preguntó.
Isabel miró a María.
—Una razón para volver con autorización y sin tormenta.
—Eso no responde.
—Responde lo necesario para que no se ponga en peligro.
Colgó.
Mientras descendían, la lluvia borró parte del polvo que rodeaba la señal, pero no los trazos. Una de las ochenta arcas ya no pertenecía únicamente a una lista de 1662.
Tenía un lugar concreto en la montaña.