Cierre
Epílogo Esto no pertenece al tesoro
La carpeta sin número apareció once días después de la rueda de prensa.
Había quedado adherida bajo una tabla de soporte durante el inventario de la cámara. No estaba escondida mediante cerradura. Simplemente no formaba parte de la serie y, por eso, nadie la había buscado al contar los cofres. En la cubierta aparecían pequeñas perforaciones dispuestas de una forma que no coincidía con el gallo.
No la abrieron allí. La trasladaron con los demás documentos delicados y esperaron a disponer de una mesa preparada. La ausencia de número o sello no la convertía en un papel sin importancia.
Cuando por fin la abrieron, no estaban en la cámara.
Isabel había pedido una mesa amplia, luz estable y un registro de cada movimiento. Don Vicente esperaba al otro lado. María se había sentado junto a la ventana con la llave sobre el bolso, aunque ya no servía para abrir nada.

La cubierta no llevaba el gallo.
Tampoco un número de cofre.
Las pequeñas perforaciones formaban tres grupos irregulares. A simple vista parecían daños de insectos o marcas producidas por un cosido antiguo. Bajo la luz rasante se veía que no eran casuales: alguien las había hecho antes de doblar el soporte y había repetido la misma distancia en dos de los márgenes.
—¿Es otra señal? —preguntó Don Vicente.
—Es una señal —respondió Isabel—. Que sea nuestra es otra cosa.
Dentro había una sola hoja de mayor tamaño, plegada cuatro veces. El dibujo ocupaba apenas una parte. El resto mostraba líneas curvas, cortes breves y espacios vacíos que no se parecían a las cuentas de Pere, a los planos de Joana ni a las conducciones de 1925.
No había leyenda.
No había escala.
No había nombres.
Isabel colocó junto a la hoja las reproducciones de las galerías conocidas. Primero comparó los giros. Después las distancias relativas. Por último, la posición de los ensanchamientos y de los puntos donde el trazado parecía interrumpirse.
Nada coincidía.
El dibujo no describía El Molinet. Tampoco el Sitjar ni el paso que había llevado hasta los cofres. La ruta evitaba precisamente los espacios utilizados por Casa de Rixer, como si quien la trazó desconociera sus obras o hubiera querido mantenerse lejos de ellas.
—Puede estar al revés —dijo María.
Isabel giró la hoja.
Después la volvió a girar.
—Ahora se parece menos a todo —dijo Don Vicente.
—Eso también es una respuesta.
Una de las líneas terminaba junto a una figura compuesta por tres ángulos abiertos. No era el gallo. No era una marca de pan del Forn del Sitjar ni uno de los signos registrados en el Libro Mayor de los Cofres. Las perforaciones de la cubierta reproducían aquella figura sin dibujarla.
Isabel buscó el símbolo en las copias disponibles. No apareció en los papeles de Bernat, Elionor, Caterina, Joana ni Vicenta. Tampoco figuraba en el manifiesto inglés.
Pere Alcorís no lo había utilizado.
—Entonces, ¿de quién es? —preguntó Don Vicente.
—Todavía no lo sabemos.
María acercó la silla.
—¿Y hacia dónde va?
Isabel señaló el extremo que abandonaba el dibujo. La línea no terminaba: llegaba al borde y continuaba fuera de la hoja. Alguien había copiado solo un fragmento o había perdido la parte restante.
Durante la tarde probaron encajes prudentes. Mortòrum ofrecía una posibilidad por su antigüedad, pero ninguna prueba. El Campello aportaba otra por las huellas de actividad minera, aunque el dibujo no permitía convertirla en certeza. También podía representar un espacio desaparecido, una obra nunca terminada o un territorio que ya no conservaba los mismos nombres.
No eligieron una explicación.
La anotaron como pregunta.
Antes de guardar la hoja, Isabel observó que uno de los pliegues era más grueso. No escondía un segundo documento. La tinta del reverso había quedado protegida dentro de la doblez y solo aparecía al levantarla unos milímetros.
Don Vicente encendió la lámpara lateral.
La escritura no pertenecía a la misma mano que había trazado el plano. Era posterior, aunque nadie podía decir cuánto. Las letras estaban gastadas y una parte se había perdido en el pliegue.
María las leyó primero.
—Eso sí que se entiende.
Isabel acercó la lupa.
La frase no mencionaba oro, agua ni cofres. No ordenaba esconder, repartir o guardar. Era una advertencia dirigida a quien pudiera confundir aquel dibujo con los papeles de Casa de Rixer.
Don Vicente abrió su cuaderno.
—Habrá que preparar otro expediente.
—Mañana —dijo Isabel.
Por una vez, nadie tuvo prisa.
Afuera, Cabanes seguía discutiendo si el tesoro había existido de verdad, si los ingleses volverían y si debajo del pueblo había más caminos de los que conocían. En el archivo, las ochenta cajas ya tenían número, descripción y destino.
Aquella carpeta continuaba sin tener ninguno.
En el margen de la hoja figuraban cinco palabras:
Esto no pertenece al tesoro.